El 18 de febrero se erige como una fecha significativa en el calendario cultural de nuestro país. No solo se rinde homenaje a una figura emblemática nacida un día como hoy hace 81 años, la insigne instructora y profesor de teatro Olga Alonso González (San Miguel del Padrón, 18 de febrero de 1945-Fomento, 4 de marzo de 1964), sino que también se conmemora el Día del Instructor de Arte.
La elección de esta fecha no es fortuita, pues la dedicación y pasión que Olga Alonso —fallecida en cumplimiento del deber en la antigua provincia de Las Villas— mostró a lo largo de su carrera artística han dejado una huella indeleble en la cultura nacional. Su legado trasciende el ámbito artístico y se entrelaza con la necesidad actual de fomentar la creatividad y la apreciación cultural, en momentos cruciales para la nación.
La labor de los instructores de arte es fundamental en el desarrollo social y cultural del país. En medio de las dificultades económicas y la crisis energética que actualmente enfrentamos, estos profesionales se convierten en faros de esperanza al utilizar sus conocimientos y habilidades para inspirar a otros y crear espacios donde la cultura no solo sobrevive, sino que florece, incluso en tiempos en que se agudiza el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por el gobierno de Estados Unidos.
Estos profesionales de la cultura no son meros transmisores de información; son agentes de cambio comprometidos con el desarrollo de procesos de apreciación y creación artística en la población, quienes tienen la responsabilidad de cultivar un gusto estético en la sociedad, formando públicos críticos y conocedores del arte. Este proceso educativo es esencial para fomentar una cultura participativa y apreciativa. A través de talleres, presentaciones y exposiciones generan un diálogo enriquecedor que propicia la reflexión y el entendimiento entre distintas comunidades y generaciones. Asimismo, en un mundo cada vez más polarizado, este tipo de interacción teje lazos que favorecen la cohesión social.
La crisis energética actual exige una respuesta creativa y resiliente. Ante la escasez de recursos, los instructores de arte demuestran una admirable capacidad de adaptación. Se reinventan constantemente para seguir cumpliendo su misión, utilizando espacios alternativos y métodos innovadores para llevar el arte a todos los rincones de la Isla. Ejemplo de esto son las actividades realizadas en espacios abiertos o en barriadas vulnerables, donde las barreras económicas no impiden el acceso a la cultura; en tanto promueven el uso de materiales reciclados y técnicas accesibles, transformando limitaciones en oportunidades de aprendizaje y creación.
Además, la función artístico-pedagógica que ejercen en la comunidad es fundamental para el desarrollo integral de los individuos. En la Casa de Cultura y en diversos centros educativos, trabajan incansablemente para fomentar la educación cultural y artística. Estos lugares se convierten en puntos de encuentro donde se promueve el intercambio de ideas, la creatividad y la inclusión social. La oferta de programas que van desde danzas y teatro hasta artes plásticas y música permite que tanto niños como adultos puedan explorar sus capacidades artísticas, generando un impacto positivo en su autoestima y desarrollo personal.
Vale destacar la labor de los integrantes de este movimiento en todo el país en la identificación, preservación y promoción del patrimonio cultural inmaterial y la cultura popular y tradicional de la Isla. En un momento en que la globalización amenaza con diluir identidades culturales, ellos desempeñan un papel clave en la salvaguarda de nuestras tradiciones y costumbres. A través de festivales, talleres y proyectos comunitarios, no solo enseñan, sino que también celebran la diversidad cultural que nos caracteriza.
En particular, la Brigada José Martí, inaugurada por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz el 20 de octubre de 2004, en la Plaza Che Guevara en Santa Clara, cuenta con más de 11 mil miembros, distribuidos en todas las provincias, de los cuales más de 9 mil se encuentran en los centros educacionales y el resto en casas de cultura y otras instituciones. Esta fuerza es un claro ejemplo de su compromiso con la comunidad, sobre todo en aquellas zonas más desfavorecidas. Su labor va más allá de impartir conocimientos; sino también en el empeño de contribuir al bienestar y desarrollo de las personas.
Los actuales homólogos de Olga Alonso no solo son figuras representativas en el ámbito artístico; son pilares en la construcción de una sociedad más justa y equitativa, cuyo trabajo refleja un profundo entendimiento de que el arte es un derecho humano fundamental que debe estar al alcance de todos. En este sentido, entre ellos está latente el ejemplo de la tempranamente fallecida muchacha que en el arte y la cultura no conocía fronteras y también se destacó como intérprete de danza moderna y por su gran pasión por la literatura. Su herencia está viva en cada taller impartido, en cada obra presentada y en cada persona que se siente inspirada a crear.
La relación entre el arte y la comunidad es simbiótica: mientras los instructores enseñan y promueven la cultura, las comunidades responden con entusiasmo y participación, en una suerte de ciclo de intercambio que beneficia a ambas partes y transforma el entorno social y cultural, al hacer que el arte no solo sea un refugio en tiempos difíciles, sino una herramienta poderosa para la transformación social, a través de la cual la creatividad y la cultura pueden florecer incluso en los momentos más adversos. Como guías y facilitadores, ellos invitan a la sociedad a participar en la creación de un futuro culturalmente rico y diverso. Su esfuerzo y dedicación son un testimonio de la resistencia y la esperanza.

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