LA ESCUELA NACIONAL DE BALLET


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En 1961 se había librado en Cuba una de las batallas más hermosas que pueblo alguno hubiera realizado. No fue una guerra de odio y sangre, aunque –como toda batalla- tuvo sus mártires: fue la Campaña de Alfabetización, primer escalón en el bello y duro empeño por la educación y la cultura de nuestro pueblo. Aquel 22 de diciembre, cuando 20 mil jóvenes pedían a Fidel una nueva tarea para cumplir, el Comandante en Jefe les entregaba para 1962 la misión de iniciar el Plan de Becas, en el cual podrían estudiar todos los hijos de obreros, campesinos e intelectuales, todas las capas de la población, en los más insospechados cursos que hasta entonces solo habían estado a la disposición de un reducido grupo. Institutos de idiomas, universidades, oficios, técnicos, cuanto la capacidad humana podía soñar llegaba por fin al pueblo.

También la danza tendría su escuela, dentro de un muy ambicioso proyecto diseñado y construido por un equipo internacional de arquitectos en los terrenos del exclusivo Country Club: las Escuelas de Artes de Cubanacán. Un nuevo reto se abría ante los Alonso y el Ballet de Cuba: captar niños y niñas con aptitudes y formarlos como futuros bailarines de la compañía. Como habían intentado hacer en 1950, ahora, apoyados por el Gobierno Revolucionario, muchos miembros del Ballet de Cuba salieron por toda la isla a la caza de talentos escondidos. Ahí aparecieron Jorge Esquivel, Pablo Moré, Lázaro y Álvaro Carreño, los primeros cubanos que serían producto de una coherente formación pedagógica del ballet en Cuba y que alcanzarían lugares importantes en nuestra historia danzaria.

También ingresarían por diversas vías, Orlando Salgado, Amparo Brito, José Zamorano, Caridad Martínez, Miriam González, Andrés Williams, Tamara Villareal, Moraima Martínez, quienes bajo las orientaciones de Fernando Alonso –primer director de la Escuela- y con un claustro que incluía a Loipa Araújo, Joaquín Banegas, Aurora Bosch, Josefina Méndez, Ramona de Sáa, Mirta Plá y otros jóvenes y prometedores solistas devenidos maestros, formarían el elenco del Ballet Nacional de Cuba de las décadas de los 70-80, la etapa dorada de la compañía.

En ese año las solistas Mirta Plá y Josefina Méndez ascenderían a la categoría de primera bailarina y se estrenaba en Cuba el ballet Calaucán del chileno Patricio Bunster sobre el Canto General de Pablo Neruda. También Ramiro Guerra subía a escena Crónica nupcial con música de Manuel Saumell y José Parés haría su versión del Caín y Abel de David Lichine con música de Wagner.

EL BALLET LLEGA AL CINE

Una activa animación coreográfica traía 1963 para el Ballet Nacional de Cuba: Liberación de Víctor Zaplin, Pulpería y El sombrero de tres picos de Rodolfo Rodríguez, El flautista de Hamelin de José Parés, Imágenes de Menia Martínez, Melodía de Assaf Messerer y Avanzada, una obra simbólica para el repertorio de la compañía y que fuera realizada por Azari Plisetski, bailarín ruso que ese mismo año se incorporaría como solista y que llegaría a ser partenaire de Alicia Alonso durante varios años. Él fue el escogido para acompañarle, interpretando Albrecht, en la filmación que el ICAIC realizaría del ballet Giselle en ese año, dirigida por Enrique Pineda Barnet y que contó como protagonistas a Alicia Alonso, Mirta Plá como la Reina de las Willis, Fernando Alonso como Hilarión, Loipa Araújo como la duquesa Bathilde, Josefina Méndez y Margarita de Sáa como las dos willis, y Menia Martínez, Laura Alonso, Aurora Bosch, Silvia Marichal, Josefina Méndez y Margarita de Sáa como las Amigas.

Este filme del ICAIC ha pasado a convertirse en un ejemplo de buen cine de danza y es un material de consulta por historiadores, bailarines y coreógrafos que recurren con frecuencia tanto a la interpretación de Alicia Alonso de este personaje capital en la historia de la danza y del cual ella realizó una verdadera creación, al igual que por la coherencia de su versión coreográfica y la brillante ejecución de los solistas y el cuerpo de baile del Ballet Nacional de Cuba.

Ese año la compañía no realizó giras al extranjero. También la primera bailarina Josefina Méndez se estrenaría en el rol de Swanilda en el ballet Coppélia.

Por estos años, el teatro Auditórium, ahora llamado Amadeo Roldán, sería la sede habitual de la compañía, lo que se mantendría hasta el año siguiente, ya que para 1965 comenzaría paulatinamente a presentarse en el teatro García Lorca.


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