La historia que nos debemos: Algo muy Sublime


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Imagen: Tomada de Radio Cadena Habana

A Tony Basante

Ignacio Piñeiro se había permitido el placer de proponer, sin saberlo, el nombre de una orquesta tipo charanga unos treinta años antes de su fundación. Veinte años antes, aproximadamente, Antonio Arcaño había definido zonas del sonido futuro de ese mismo tipo de orquesta con su llamado “danzón de nuevo ritmo” y que adelantaría un ritmo a futuro que será nombrado Mambo; que llegaría ―ese mismo danzón― a un estadio superior una vez que Enrique Jorrín ―que había sido miembro de esa orquesta— definiera un ritmo al que nombraría Cha Cha Chá.

Imaginemos que estamos comenzando la segunda mitad de los años cincuenta del pasado siglo. Es La Habana y el reinado de la música cubana se comparte entre conjuntos, jazz band (cubanizados algunos, si se admite el término) y las charangas donde la pauta la marca la orquesta Aragón, aunque hay otras charangas que cautivan a los bailadores; y es que la demanda de música, buena música, era inmensa y la radio se hacía eco de ella, aunque para ese entonces la televisión comenzaba a ganar adeptos y genera un nuevo espacio de consumo y promoción de la música.

Pero la radio mandaba y en la capital era importante estrenar en Radio Cadena Habana, que era la puerta obligada a las grandes emisoras como Radio Progreso, a las empresas discográficas de entonces y a la televisión donde la meta final era ser invitado a uno de sus tantos shows musicales.

Curiosamente, parte importante de las charangas que surgen en esta década ―los cincuenta― están vinculados sus creadores a barrios rumberos como Los Sitios, Jesús María, Cayo Hueso y San Isidro. Barrios en los que además solían refugiarse, nacer o vivir, músicos talentosos que combinaban otros oficios que permitieran “llevar un plato de comida a la familia” hasta que sonara la hora del triunfo esperado.

De uno de estos barrios, San Isidro, son los hermanos Fundora: Rolando, pianista y Melquiades flautista, quienes crearon una charanga a la que llamaron Sublime y en honor a su nombre decidieron hacer sones, guarachas y danzones con una marca muy personal combinando la elegancia de la orquesta Aragón, la visión renovadora de Arcaño en su momento y el vigor de una orquesta como la del también flautista José Antonio Fajardo. Y lo lograron, tanto que para algunos fueron considerados como “los catedráticos del cha cha chá”; según apuntes de prensa de la época y el parecer del periodista Germinal Barral, o simplemente “Don Galaor”

Y no estaban equivocados en su apuesta ni traicionaron la confianza de quienes apostaron por ella, sobre todo los bailadores. La orquesta Sublime desde la primera nota logró marcar una diferencia. Establecer un estilo; sobre todo en las ejecuciones de la flauta de Melquiades Fundora que debía competir en sonido con nombres establecidos como los de Fajardo, Arcaño, Richard Egües o Pancho el Bravo. Melquiades, además de ser el director, lo entendía y asumió su papel como un ejecutante a tomar en cuenta en esos años.

Sin embargo; a pesar de los éxitos que fueron logrando y de imponer un estilo propio fue la aparición del ritmo Pachanga, de Eduardo Davison, el detonante de su popularidad y de mayor destaque más allá de los bailadores y emisoras cubanas. Y ello ocurrió a comienzos del año 1959.

El ritmo marcaba una gran diferencia con el cha cha chá; que no estaba agotado en ese momento; aunque era cierto el hecho de que se necesitaba mover el asunto “ritmos y géneros” —algo que siempre ocurre en la música cubana cada cierto período de tiempo—, para mantener el interés de los bailadores.

La Pachanga fue ese punto de giro que se necesitaba en ese momento y una oportunidad única para la orquesta que lo estrenara. Algo similar había ocurrido a comienzos de la década con un danzón que dio pie al surgimiento del cha cha chá. En el segundo caso la oportunidad le llegó a la orquesta Sublime.

Nadie discute que fue el cantante Rubén Ríos quien primero interpretara un tema de esta forma de hacer el cha cha chá. Sí, porque Eduardo Davinson ―su mente creadora― tomó como punto de partida el ritmo creado por Enrique Jorrín y que orquestas como La Aragón o Fajardo y sus Estrellas, entre otras, habían convertido en el sonido principal de los años cincuenta; al que “aportó” una mayor libertad sonora. Y que mejor formato para definir su interpretación que el de la charanga.

Es entonces cuando entra en escena la figura de Richard Egües como su primer orquestador o arreglista, y la decisión empresarial de que fuera la orquesta Sublime de los hermanos Fundora la que lo grabara y ejecutara públicamente en un baile en el Salón Rosado de la Cervecería La Tropical a comienzos del año 1959.

Tras ese baile, citando al poeta “…la pachanga todo lo ocupa… lo ocupa todo…” y como mismo ocurrió con el cha cha chá, todas las orquestas incluyeron en su repertorio temas del ritmo Pachanga; solo que en música cubana una parte importante del éxito de un ritmo está en la relación que establezcan los bailadores con él. No es solo aceptarlo, es además definir su modo o forma de bailar. Y en esa definición de filigranas para bailar este ritmo está la impronta de Felo Bacallao, cantante de la orquesta Aragón.

Bacallao, sin proponérselo, fue marcando pautas interesantes para el bailador; sobre todo de la ciudad que le fueron agregando “pasos, giros y ciertos estilos”; lo que configuró los pasos primitivos del mismo que fueron combinándose con los del cha cha chá.

Para el insaciable bailador cubano el ritmo Pachanga fue una bocanada de “libertad musical y bailable” que le distanciaba de los patrones rígidos de bailes como el son, el danzón o el mismo cha cha chá. Se podía bailar como se quisiera y la posibilidad de ser “llamado Patón” (nombre dado a quienes no sabían bailar o se atravesaban con la clave) se reducía a su mínima expresión.

La creación de Davinson trascendió las fronteras cubanas, no solo de la mano de la orquesta Sublime. En su internacionalización inicial tuvo un papel relevante el flautista José Antonio Fajardo y será la ciudad de Nueva York el epicentro de su desarrollo y expansión al continente; y a la vanguardia de este movimiento se situaron músicos cubanos, dominicanos y los nacidos en la gran manzana y se criaron en eso que se llamó “el barrio”. Un crisol de naciones, culturas y formas de entender y vivir la música cubana que asumieron este ritmo ―junto a los suyos― como una forma de resistencia.

Mientras Nueva York se divertía con la Pachanga; en África el ritmo llegaba de la mano de la Sensación y allí los bailadores le aportaron sus elementos, algunos de los cuales coincidían con elementos propios de la cultura cubana.

Sesenta y tantos años después todo indica que el ritmo Pachanga vuelve a llamar la atención de los bailadores y en esa segunda oportunidad algunos de sus promotores recurren a las grabaciones de la orquesta Sublime, esa que fuera conocida como “la Pachanguera de Cuba” o simplemente “los catedráticos del cha cha chá”.


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