La historia que nos debemos. La ruta de las charangas (II): Lluvia de estrellas


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La orquesta del flautista José Antonio Fajardo había sido invitada a participar en un evento de lanzamiento de candidatura presidencial en los Estados Unidos, específicamente en la ciudad de New York. Era el año 1959 y el Partido Demócrata tenía puestas sus esperanzas en el carisma de un joven que respondía al nombre de John F. Kennedy. Era también la primera vez que “los demócratas” se lanzaban con fuerza a la conquista del voto de las comunidades inmigrantes que residían en los barrios de esa ciudad, sobre todo los latinos; y para lograr ese objetivo que mejor idea que organizar “eventos de campaña” con un fuerte acento latino, sobre todo en materia musical. Esta fórmula se continuará usando en el futuro como forma de acercarse a las minorías o aquellos estratos sociales a los que se pretende seducir.

Los salones del hotel Waldor Astoria ―el hotel más emblemático de la ciudad― fueron el epicentro de aquellas tres noches que vincularon por vez primera a la música cubana con la política norteamericana. Fueron noches de boleros, cha cha chá; sones y del ritmo de moda en ese momento, la pachanga, con su correspondiente formato: el de las charangas; y la de José Antonio Fajardo ―Sus Estrellas― fue la pionera en este asunto que tenía entre sus músicos de cabecera al violinista Félix Reina.

Una vez cumplido el contrato que los había llevado a esa ciudad (que incluía presentaciones en diversas salas de baile de moda, en especial el Club Paladium), José Antonio Fajardo y algunos músicos deciden establecerse y probar fortuna en aquella urbe aprovechando el furor por el formato charanguero y el ritmo pachanga, en particular; mientras que la otra parte de la orquesta regresa a Cuba y se reorganiza bajo la dirección de Félix Reina y adoptan el nombre de Estrellas Cubanas.

Es el año 1959. Faltarían meses, se puede decir que un año o un poco más, para que el joven John F. Kennedy fuera proclamado presidente de los Estados Unidos. El mismo periodo de tiempo que duraría en la ciudad de New York la fiebre de la pachanga y de las orquestas charangas que no habrán de desaparecer en el futuro.

Félix Reina, acompañado de un importante grupo de músicos que incluía a Elio Valdés, José Ferrer, Julián Guerrero, Dámaso Morales, Raúl Valdés, Ulpiano Díaz, Filiberto Peña, Gustavo Tamayo y a los hermanos Sergio, Rudy y Luis Calzado retoman de su anterior formación solo la calificación de Estrellas y para marcar la diferencia y la pauta le agregan el “apellido de Cubanas”.

A nivel de los bailadores del momento la nueva orquesta no se aleja de la estructura de las charangas que hasta ese momento proliferaban y que lograba satisfacer sus gustos musicales; solo se trataba de ver qué repertorio proponían y es en este punto donde entra a jugar la genialidad musical de Reina como director, compositor y arreglista; además de ser ejecutante del violín.

Reina poseía un importante pedigrí como músico para ese entonces. Había pertenecido a las “Maravillas de Arcaño” (también conocida como “ortofónica”) junto a los hermanos López, lo que le incluye entre los que ejecutaron aquel danzón llamado “Mambo” y que generó la polémica posterior sobre ese “futuro género”. También tocó con la orquesta de Enrique Jorrín ―militaron en la misma cuerda en tiempos de Arcaño― en pleno furor del cha cha chá; y en determinados momentos tuvo su propia orquesta. Ahora, en su regreso como director de una charanga se podía permitir aquellas libertades creativas que había acumulado por más de treinta años. Además de que había escrito algunos temas exitosos.

No es desatinado afirmar que Félix Reina y las Estrellas Cubanas fue la orquesta que entendió la manera en que se estaba asimilando el sonido de las charangas en el New York de fines de los cincuenta y comienzo de los sesenta (no se olvide aquella gira de casi tres meses por esa ciudad en el año 1959) que comenzaba a labrar su propio camino; es decir: “dejaban de querer sonar como sus pares cubanas” y se aventuraban por nuevos espacios creativos en lo armónico conceptual a partir de la aparición del ritmo pachanga y otras influencias como el jazz ―y aquí destaca el trabajo de Mario Bauzá, el patriarca musical cubano asentado en esa ciudad, como orquestador y líder de este proceso de “fusiones”.

Félix Reina y algunos virtuosos que le acompañaron durante años redefinieron el papel de las charangas en los años sesenta y posteriores.

El bailador asimiló a las Estrellas Cubanas sin trauma. Realmente ocurrió solo un proceso de cambio de nombre de una orquesta, a pesar de las diferencias estilísticas que pudieron haber ocurrido y en ese proceso libre de trauma fue fundamental el papel de sus cantantes: los hermanos Calzado. Y eso quedó demostrado en su primera presentación pública en la que habrían de estrenar una de las composiciones más interesantes de Félix Reina y en la que se revela su capacidad innovadora: El niche.

Aquella presentación en el Salón Rosado de la Cervecería Tropical junto a la orquesta Aragón, fue el detonante de una carrera musical que se extendió hasta mediados de los años setenta en la que Estrellas Cubanas marcó un estilo y un modo de hacer el son, el bolero y el cha cha chá con una fuerte carga renovadora y vanguardista si se quiere para el momento; y como complemento a esta cadena de éxitos y de propuestas interesantes está la relación que establece entre Reina como orquestador y un joven compositor santiaguero que responde al nombre de Rodulfo Vaillant que aportaría algunos temas de amplio impacto popular como “Escoba barrendera” o “El lápiz no tiene punta”.

Félix Reina y algunos virtuosos que le acompañaron durante años redefinieron el papel de las charangas en los años sesenta y posteriores, y lideraron algunos de los bailes más interesantes que ocurrieron en salas de baile habaneras como El Liceo de Regla o la Sociedad de Torcedores; que por cierto, como dato curioso, fue en este último lugar donde estrenaría su obra más famosa: “Si te contara”; un bolero que redefinió el género en el aspecto temático.

En este bullir de orquestas charangas en los años sesenta hay dos actores con los que se deberá contar en estos años: el regreso de Enrique Jorrín con su orquesta tras años de trabajo en México y la orquesta de Neno González; y aún queda espacio en esa misma década para que el flautista Alberto Cruz Torres, o simplemente “Pancho el bravo”, cambie las reglas del juego musical.

Pero ahí llegaremos oportunamente.


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