La historia que nos debemos: Y en eso llega Elio Revé con su Changüí (II)


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A pesar del fracaso sufrido con los primeros músicos a los que convocó para crear su orquesta, Elio Revé Matos se consideró un ganador. Había logrado incluir, aunque fuera modestamente, el ritmo del changüí en el torrente musical cubano de los años cincuenta.

Se había valido de una charanga, uno de los formatos más populares de ese entonces y, aunque había tenido que hacer ciertas concesiones de orden musical –sobre todo asumir el reinado del Cha cha chá—, el público que descubrió su orquesta asimilaba coherentemente “esta música guantanamera” que podía parecer exótica para algunos, folklórica para otros y una moda pasajera (como había pasado anteriormente con el Sucu sucu pinero).

“La experiencia es una combinación de crueldad, sentido común y empeño para seguir adelante”, le había dicho alguna vez Enrique Arredondo cuando lo sumó a su compañía a fines de los años cuarenta y vio su pasión por aquella música con la que creció.

Esa misma experiencia fue la que le llevó a cambiar de táctica y estrategia: había que mezclar el changüí con el son y la solución estaba en lograr una buena relación sonora entre el tres y las pailas. Él sabía que no era un virtuoso del instrumento, pero tenía un modo muy personal de ejecutarlo.

La nueva orquesta que fundó tenía esos elementos como base; lo aplicó a cada composición que daba a conocer al público y a los bailadores la propuesta les motivó. Además, comenzó a ser más proactivo en los bailes al mover su instrumento y colocarlo cerca de los cantantes.

El número de bailadores que comenzó a asistir a sus presentaciones fue aumentando; y para su suerte los directores musicales que fue convocando entendían sus propuestas y la traducían musicalmente.

En el ambiente musical per se, se fue notando su influencia, ahora algunos músicos comenzaron a mirar el ritmo changüí de modo distinto. El estigma de “música de campo o de caballito” como algunos llamaron despectivamente a esta variante primigenia del son, fue asimilado por su riqueza rítmica.

El changüí era más que golpe de marímbula combinado con rallado del guayo o güiro, las maracas y el tres. Se podía enriquecer y traducir al piano, a los violines, e incluso usar pasajes para que fueran ejecutados por la cuerda de metales de los conjuntos.

Sin embargo, para Elio Revé el formato de charanga era el ideal.

En la ciudad de Guantánamo, en la Loma del Chivo y en sus poblados cercanos se entendió que había una oportunidad para la música que les representaba y que era un “paisano” quien la estaba haciendo famosa en La Habana y en toda la isla.

Ahora solo faltaba que la orquesta entrara en el torrente de consumo de los jóvenes del momento. Son los años sesenta y la música en el mundo estaba cambiando. Los intereses y gustos musicales de una parte de los jóvenes cubanos en estos años estaban en función de otros ritmos como el rock y el Mozambique, por solo citar dos de los más populares en ese entonces.

Era hora de salir a cazar nuevos talentos musicales que pudieran atraer a ese público. Y la vida le premió con dos nombres: un pianista y un bajista que tocaba la guitarra y curiosamente Revé conocía a sus padres y la obra musical a ellos asociados. Sus nombres: Cesar Pedroso y Juan Climaco Formell.

Todo apuntaba a que algo grande pasaría con la orquesta. Y no se equivocó.

 


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