Yo estaba en La Habana, “más solo que un centerfielder”, añorando mi natal Oriente.
Recién llegado de la Maestra, donde me ocupé de que los serranos tuviesen noticias de que la p con la a suena pa.
Esta ciudad me sobrecogió.
Pero dice mi pueblo –al menos los creyentes-- que “Dios aprieta, pero no ahoga”. Y se produjo el milagro.
Estaba en Ciudad Libertad, cursando el bachillerato, y el prodigio acogedor floreció gracias a los amigos, incluidos los que ya no respiran en este mundo tridimensional.
De modo muy prominente, José Antonio González Marrero, más conocido como Pepe Kruschov, por la militancia roja de él y de su familia. (Sí, el crítico cinematográfico que fundó el programa televisivo “Historia del Cine”. Y quien mejor declamaba los versos lorquianos de El romancero gitano).
Pepe me secuestraba, todos los fines de semana, hacia su hogar matancero.
Allí hasta tuvimos a un par de hermanas como noviecitas platónicas.
Un día, me dijo Pepe:
--Vamos, quiero que conozcas a un pariente mío. Pero debes prepararte anímicamente, pues eso no es un hombre, sino un terremoto.
Y partimos hacia el barrio La Cumbre.
El personaje
Su nombre era Hugo Ania Mercier (1916 – 1976).
Físicamente contrahecho, por la poliomielitis. Pero más contorsionado aún por lo que contenía su caja craneana.
El perfecto heterodoxo. Como dice el pueblo, “hablaba mal de Malanga y del puesto de vianda”.
Cismático, iconoclasta, relapso, disconforme a matarse.
Pepe me contó una interesantísima anécdota de su pariente.
Hugo alguna vez se presentó en Mazorra con este planteamiento:
--Ingrésenme, porque todo el mundo asegura que yo estoy loco.
Ese ángel demencial, el imperecedero comandante, doctor Bernabé Ordaz, accedió a la petición.
El embrollo vino con el trámite para darle de alta al paciente. Habitualmente se le entrega a quien lo trajo. Pero él había ido hacia allá según propia decisión. (Era como los asesinos que, tras su crimen, se entregan en una estación policíaca).
El hecho irrepetible
Ambos eran poetas. Y abogados.
Un día, de los años ’50, en el siglo pasado, subían la escalinata del matancero Palacio de Justicia.
Él, apoyándose en las muletas, hizo un alto y le dijo a ella:
--Carilda, ¡yo te amo!.
La risa de ella rebotó en el rostro de Hugo, como un jarro de agua hirviente.
--Carilda, no te vuelvas a reír, ¡porque te va a pesar!
Ella reincidió en el hecho.
Entonces Hugo extrajo una pistola –de las que la crónica roja entonces calificaba de “pavorosas”-- y se descerrajó un tiro en medio del pecho.
Carilda pasó incontables madrugadas atendiéndolo en su lecho de semiagonizante. Y surgió aquello, inconmensurable, que en castellano se designa con una palabra de cuatro letras.
Sí, enamorados desaforadamente.
Se casaron el 3 de marzo de 1952.
El matrimonio naufragaría al cabo de tres años.
Una coda, tétrica
En 1976, Hugo incursiona en un segundo intento suicida. Esta vez exitosamente.
Carilda le dedica tres sonetos.
A modo de despedida, copio una de esas tres joyas desgarradoras:
“Hugo Ania Mercier: yo te quería.
A tu cuerpo de hombre agonizante
que irradiaba dolor como un diamante,
a tu paso que insiste todavía,
a tu lengua -clavel de la ironía-
que aún esconde callada sed punzante;
a tu mano, nerviosa, azul, de amante
cuya noche del tiempo siempre es mía;
a tu verso que llora aunque me cante,
a tu pila de huesos, insultante,
a tu alma cayéndose de fría
que compuso la muerte en un instante:
¿qué les puedo decir, cicatrizante
de esa augusta verdad que te envolvía?”.

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