Gabriel de la Concepción Valdés, conocido internacionalmente como Plácido, seudónimo que siempre utilizó, nació un día como hoy del año 1809 y murió fusilado por el ejército español, acusado de conspiración contra las autoridades coloniales.
Sus padres fueron la bailarina española natural de Burgos Concepción Vázquez y el peluquero, mulato cubano, Diego Ferrer Matoso, quienes para mantener oculto su nacimiento, lo entregaron a la Casa de Beneficencia y Maternidad a los pocos días de nacido, de donde luego su padre lo rescató; de ahí que llevara el apellido Valdés de todos los infantes allí bautizados, en honor al Obispo Valdés, fundador de la tristemente célebre institución.
Su vida siempre estuvo ligada a las penurias económicas, por lo que comenzó a estudiar después de los diez años y de manera interrumpida en los colegios habaneros de Belén, El Ángel y otros planteles para niños pobres.
Pero Gabriel de la Concepción, tenía un don natural que le permitió escribir sus primeros versos a los doce años, un soneto titulado «Una hermosa».
En 1821 ingresó como alumno en el taller del retratista Vicente Escobar; en 1823 pasa a la imprenta de José Severino Boloña para aprender el arte de la tipografía, etapa que fue de gran influencia en su formación educativa; aunque sus dotes de poeta ya se habían manifestado, fue en la imprenta donde se desarrolla a plenitud su inspiración, pero se vio obligado a abandonar esta labor en busca de mayores ingresos económicos.
Es así que se inicia en el arte de la producción de peinetas y otros objetos de carey, donde demostró una gran maestría; se traslada a Matanzas a fines de 1826, al abrir allí un taller Nicolás Bota, donde permanece hasta 1832, en que regresa a la capital cubana solicitado para realizar labores de dibujo y carey en la platería de Misa.
Luego estudia con Ignacio Valdés Machuca literatura, y en 1833 su poema «La siempre viva» alcanza gran éxito en el concurso literario Aureola Poética, el primero de mayo de 1834.
En 1836, se traslada de nuevo a Matanzas y comienza a laborar en la platería de Damas García y, a la vez, en el periódico La Aurora de Matanzas, donde a finales de ese mismo año lo visita inesperadamente el gran poeta José María Heredia quien le propone pagarle los gastos para que se fuera a vivir a México, pero Plácido no lo aceptó.
En febrero de 1840, viaja a Villa clara, donde trabaja en una platería y colabora en el periódico El eco de Villa Clara; a fines de año retorna a Matanzas; en esta etapa ya es conocido como poeta y también despierta las sospechas de las autoridades coloniales, por su supuesto vínculo con conspiraciones libertadoras.
Es así que es apresado en dos ocasiones sin pruebas ni evidencias y luego puesto en libertad, hasta que el 30 de enero de 1844, es nuevamente detenido pues lo acusan de ser uno de los jefes de la conspiración que luego fuera denominada «de la Escalera».

También se dice que su soneto «El juramento», donde refleja sus ansias de libertad, provoca que recaigan sobre él las sospechas de estar involucrado en dicha conspiración.
En un proceso amañado, carente de garantías, fue sentenciado a morir fusilado por la espalda, junto con otros diez acusados, y cuenta la leyenda que en la cárcel, compuso Plegaria a Dios y que cuando lo llevaban al cadalso iba declamando esta poesía.
Plácido fue un versificador natural; algunos especialistas lo consideran entre los iniciadores del criollismo y también del siboneyismo en la lírica cubana, aunque se le incluye entre los escritores románticos cubanos, porque coincide con el periodo de este movimiento literario.
Sin embargo, se aprecia en su poesía mucha más alegría que en la de los exponentes del romanticismo; al respecto José Lezama Lima diría: «Fue la alegría de la casa, de la fiesta, de la guitarra y de la noche melancólica. Tenía la llave que abría la puerta de lo fiestero y aéreo».
Escribió muchos poemas de carácter popular e improvisaciones que reflejaban la vida cotidiana de la ápoca de manera refinada, por lo que incluso fue criticado por prejuicios raciales pues muchos le imputaban parecerse a los poetas blancos; no obstante fue uno de los poetas de mayor aceptación por parte de sus contemporáneos.
Entre sus piezas más reconocidas y elogiadas se debe mencionar Jicotencal, romance épico de versos endecasílabos, que los estudiosos catalogan como su composición más acabada por la elegancia en la ejecución y por su riqueza de efectos rítmicos y musicales; también son reconocidas Una Ingrata, La Flor del Café, La Flor de Caña, y La Flor de la Piña.

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