Samuel Feijóo, el intenso FABULADOR


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Hay hombres que crean fábulas, otros las escriben, las sueñan, las pintan. Pero están aquellos que las viven. Esos son los artistas que sienten en carne propia el alma de los demás para regalarnos muchas vidas y experiencias, como si hubieran respirado todo el tiempo de la Tierra en su corto existir…

Samuel Feijóo, el célebre pintor, ilustrador, poeta, dibujante, escritor, grabador, promotor incansable, fundador de revistas que hicieron historia, descubridor de talentos, profesor de generaciones de artistas… hubiera cumplido hoy, 31 de marzo, 107 años. Como abrir todas las puertas de su múltiple creatividad llenaría páginas y páginas de un diario interminable, seleccionamos una de sus vertientes mágicas (la pintura y el dibujo), para que el genio de Feijóo pasee entre las palabras en este día, de recuerdo y homenaje.

Hace casi trece años, el Museo Nacional de Bellas Artes, abrió una singular muestra del artista titulada Samuel Feijóo, un sol desconocido, en la que se pusieron frente al espectador cuatro décadas de marcada e intenso trabajo artístico (1937-1977). Allí, por vez primera se pudo ver, en conjunto, el inagotable talento, la inspiración/imaginación de un inmenso artista, de un creador “silvestre” como la tierra, y cubano-criollo-misterioso, como el mundo sutil reinante en esas piezas que ante nuestras retinas descubrían, otra vez, “a uno de  los hombres más originales e inquietos del panorama plástico insular del siglo XX”, al decir del especialista del Museo, y curador de la excelente muestra, Roberto Cobas, en las palabras de aquel catálogo que nos silueteó, como nunca antes, la figura inmensa de este artífice de nuestra historia de las artes visuales.

Variadas décadas transparentaban un poco más de 50 trabajos, pertenecientes a la colección del Museo, de su hija Adamelia Feijóo y otros, que fueron suficientes para subrayar la personalidad del artista, autodidacta (Las Villas, 1914-La Habana, 1992) para quien pintar y escribir fue la manera de diseñar el universo circundante de una Isla adornada de un paisaje singular y escoltada de unos seres humanos alegres, pero fuertes y seguros en sus convicciones, tal y como lo marcó en su fértil obra.

El recorrido por aquella muestra, iluminado por ese sol desconocido –que pudo resultar para muchos el propio artista, sobre todo para las más jóvenes generaciones- dejaba entrever una labor notable e inteligente, que rima con la poesía y el lirismo intrínsecos en él, con su mundo interno, rústico y elegante al mismo tiempo, pero permeado con esa savia popular que empapó todo su quehacer artístico dondequiera que lo tocó.

EN EL REINO DE SU MUNDO

Hay algo que sobresale de su obra, y es que Feijóo fue un creador que podía cambiar de postura pero no de lugar. Era fiel a sí mismo, y de esos pocos que no se aferran a un esquema invariable por miedo a perder su personalidad, pues tal temor sólo existe en aquellos que no la poseen, y lo saben. Él tuvo un mundo muy suyo, incluso cuando aún no había descubierto a los seres que lo poblaban. Pues, desde los primeros trabajos, se perfilaba una personalidad, aún no descubierta por él en su integridad. Porque el arte, el genuino y visceral, no es consecuencia de lo que el creador sabe de sí mismo, sino la herramienta que le permite descubrir lo que hondamente es, sin que lo sepa.

El dedicó su pintura a descubrir su propio mundo y lo abordó desde diferentes perspectivas. Así podemos observar desde aquellos primeros personajes, naturalezas muertas y paisajes de refinados colores –grises cálidos, ocres verdosos, pardos de siena, rosas y sombra…-, fue avanzando, atrevidamente hacia otras imágenes, rompiendo, podríamos decir, el equilibrio y sus límites. La pincelada y el trazo fueron más libres, espontáneos. Un universo que avanzó desde  el orden al caos, del reposo al movimiento…

UNA BIOGRAFÍA DE SU ARTE

Cada vez que se fueron haciendo más dinámicos los ritmos, importaba menos lo que contaba que cómo lo contaba. Era alguien que relataba historias con la vehemencia de un FABULADOR. En las imágenes que coleccionaba en el recuerdo del artista, y que se pudieron confirmar en esa muestra estaba antologizada, la biografía de su arte. Algo así como lo que es una colección de fotografías de una persona captada en tomas diversas, desde su juventud hasta la madurez.

Precioso paseo alrededor de Feijóo, alto trabajo curatorial y museográfico que honra la labor de un especialista y al artista: “Honrar, honra” había dicho ya el Apóstol. Y, además, confirmación, pues, de su verdad y originalidad en el ámbito de nuestra pintura. Antes expresé que cambiaba de postura, no dé lugar, y esto es algo que caracteriza el arte contemporáneo, al de los verdaderos creadores que no benefician un filón invariable. Es que los artistas contemporáneos son autores de obras completas. No se expresan plenamente en un cuadro específico, sino que su valor está en la suma de todos sus momentos. (¿En qué cuadro está todo Wifredo Lam, todo Pablo Picasso?). Cada obra es como un fotograma de un filme que, al relacionarlo con el anterior y el posterior, adquiere movimiento. Es así.

Por ello, al ver su obra desbordada en aquellas paredes uno se regocijaba por la seriedad en unas, el humor en otras, y en conjunto se reconocía la valía multiplicada de su inspiración, en primer lugar, de la naturaleza de esta Isla caribeña y sus gentes, que fueron “retratadas” en toda su dimensión por este hombre visionario, defensor de los humildes, de los campesinos para quienes tuvo siempre abiertas sus puertas, como artista y como maestro. Gracias a aquel sol desconocido se pudo disfrutar nuevamente el trabajo de este sincero, tierno e inquieto Samuel Feijóo, que si nos impacta cada vez que nos encontramos con sus “invenciones”, es por su autenticidad. Por eso vive, más que nunca en estos, sus primeros ciento siete años…


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