Primera presencia en Cuba
Winston, aquel jovenzuelo recién graduado como subteniente de caballería en la academia militar británica Sandhurst, decide cruzar el Atlántico.
Y su viaje concluye en la mayor de las Antillas –donde pasa los meses noviembre y diciembre de 1895--, entonces hazañosamente enfrascada en una guerra a muerte dirigida a que el país figurase en el concierto de las naciones libres.
Es acogido por una columna española, que anda de operaciones por la cintura de la Isla.
En el sitio espirituano conocido como Arroyo Blanco, presencia por vez inicial la trayectoria de las balas, ahora sí amenazantes y no como en el campo de tiro. Sucedió durante un combate con las tropas mambisas invasoras del occidente, bajo el mando de Máximo Gómez y Antonio Maceo.
En ese poblado, Arroyo Blanco, sorprende al joven británico su cumpleaños número veintiuno.
¿Razones de su presencia en Cuba? Muchas y muy diversas hallaremos en las páginas de sus biógrafos. Desde el argumento inocentón de que “se aburría en Londres y decidió que necesitaba ver un poco de acción” hasta el que asegura que vino en calidad de corresponsal de guerra. (Sí es cierto que envió algunas colaboraciones para la prensa de su país).
Ah, pero existe otra explicación para el discutido asunto. La pérfida Albión –como nombraban los españoles a Gran Bretaña—de seguro estaba interesada en saber, de primera mano, detalles sobre esta área del declinante imperio ibérico, su eterno enemigo. Y, para ello, nada más útil que las informaciones de un agentón, como dicen algunos en el mundo del espionaje.
Sí hay una verdad fuera de toda discusión: aquí el joven británico se aficionaría, para toda su prolongada vida, a dos exquisiteces del país: el habano y el ron. Agréguese que entonces también adquirió la costumbre de dormir la siesta, lo cual mucho lo ayudó en su ajetreada vida de hombre público.
Aquí, de nuevo

El gesto que él creó.
Transcurre 1946. Y, por segunda vez, nuestro hombre en Cuba.
Pero ya no es el muchacho veinteañero recién graduado de la academia militar. Tampoco quien –junto a Roosevelt y Stalin-- encabezara el enfrentamiento de los aliados a las fuerzas de El Eje. Ni el primer ministro británico.
No está esclavizado por los convencionalismos. Tiene a su disposición todas las libertades. Y de ellas hará uso.
Cuando llega al aeropuerto de Boyeros, desde la escalerilla del Boeing 17, saluda a la multitud que lo espera formando con los dedos de una mano el símbolo que él ideara durante la lucha contra el nazifascismo: la V de la victoria.
Se aloja en ese milagro arquitectónico habanero, el Hotel Nacional, inaugurado dieciséis años antes. Allí haría lo que se le antojase.
Un día lluvioso, enojado porque no podría darse el habitual baño en la piscina, ordenó que preparasen sus maletas para marcharse, para unos minutos después pedir que se las deshicieran, porque había salido el sol. La pasaba muy bien en un bar del hotel, que sería bautizado con su nombre.
Tenía siempre en ascuas a los cubanos encargados del protocolo y a la embajada británica en La Habana, pues no se atenía a horarios ni a formalidades. Jugaba a las cartas con cualquiera que estuviese a su alcance. Enrique de la Osa –el brillantísimo periodista de Bohemia—reportó: “Come, bebe y fuma sin restricciones de ninguna clase. Y en cantidad”.
El almuerzo con el presidente Grau no pudo celebrarse a la hora acordada, pues al trasladarse hacia el palacio el expremier ordenó regresar al hotel, porque había olvidado llevar consigo sus habanos. (Desde la terraza norte del palacio, dijo a la multitud allí congregada: “Me siento muy complacido en esta hermosa isla de Cuba donde he sido tan bien acogido”. Y continuó, en español: “Aprovecho la oportunidad para decir: ¡Viva la Perla de las Antillas!”.
La conferencia de prensa que ofreció en el hotel, según un testigo presencial, “estuvo muy bien desorganizada”. De todas maneras, esa oportunidad le permitió al visitante:
-Declarar que en aquellos momentos --cuando se celebraba en Nuremberg el juicio a los criminales de guerra-- lo más importante era asegurar que los horrores acaecidos no se repitiesen.
-Negarse a opinar sobre el gobierno de su país.
-Expresar su devoción ferviente por el tabaco cubano y el deseo de colaborar en su promoción internacional (Pinar del Río, región eminentemente tabacalera, lo nombró hijo predilecto. Y una de las vitolas tradicionales lleva su nombre).
-Elogiar a La Habana y a la nación toda.
En fin, todo parece indicar que el una vez joven suboficial del Cuarto Regimiento de Húsares, después dos veces premier británico y Premio Nobel, no la pasó mal por estas tierras. Así, en sus memorias dejó dicho: “Cuba es una isla encantadora”. Al final de su estancia hizo otra declaración entusiasta: «Si no tuviera que ver al presidente Truman, me quedaba aquí por un mes».
Winston Churchill. (30 de noviembre de 1874, Oxfordshire, Reino Unido - 24 de enero de 1965, Londres, Reino Unido) Fue un político y estadista británico, conocido por su liderazgo del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. Fue Primer Ministro del Reino Unido en dos períodos (1940-45 y 1951-55). Notable estadista y orador, fue también oficial del Ejército Británico, historiador, escritor y artista. Es el único Primer Ministro Británico galardonado con el Premio Nobel de Literatura

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