Cuando llegué a La Habana


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Malecón. Foto: Chuck Gómez

El barco se mantenía al pairo en espera del amanecer, cuando vendría el práctico para conducirlo a través del estrecho canal del puerto. El espléndido arco luminoso del Malecón abría los brazos a los visitantes llegados del mar. Al desembarcar, recibí el impacto del calor, del bullicio generalizado y de un idioma que escuchaba por primera vez. Poco a poco, en el barrio, en la escuela, en el retozo del parque, el país me fue entrando por los poros.

La Habana era todavía, por aquel entonces, una ciudad provincianota, recogida en el entorno del puerto, donde se concentraba el bullicio de la vida. De los almacenes emanaba el olor acre de cebollas y papas importadas. Pululaban los empleados de las oficinas gubernamentales, de los bancos, de los bufetes de abogados. Se aglomeraban también los buscadores de empleo y las maestras a la procura de un aula donde cubrir, por unos días, la ausencia de la titular del cargo. Los vetustos tranvías cerraban el paso a los choferes impacientes por proseguir su camino. En las tardes, el bullicio se interrumpía apenas por el paso de los últimos pregoneros que dejaban en el ambiente el penetrante aroma de las mariposas y por el rumor de la radio que dejaba escuchar las páginas sonoras de la novela del aire. Los enamorados conversaban ventana por medio, en espera de que la familia diera entrada al joven pretendiente. Solo entonces podría permanecer algunas horas en la sala, siempre bajo la vigilancia implacable de la chaperona.

Sin embargo, de manera imperceptible, el tiempo transcurría y la realidad se transformaba. En un abrir y cerrar de ojos, la aviación fue desplazando al transporte marítimo. La ciudad vieja se ahogaba en sus calles estrechas y los inversionistas salieron en busca de nuevos horizontes. A pesar de la proliferación de ostentosos palacetes surgidos durante la danza de los millones que siguió a la Primera Guerra Mundial, las fronteras de El Vedado disponían de suelos a bajo precio. A la vuelta de los 50 del pasado siglo, una arquitectura con códigos remozados levantó edificios para albergar la televisión en plena expansión y modernas oficinas de negocios. Había nacido La Rampa, coronada más tarde con la construcción de la heladería Coppelia, lugar de culto para la generación que habría de emerger después del triunfo de la Revolución. Ante la mirada crítica de sus mayores, los jóvenes entregaban las noches a pasear Rampa arriba y Rampa abajo. La Habana se había convertido en centro emisor de ideas que pugnaban por conquistar la plena emancipación humana.

Las fuentes originarias de ese pensamiento venían desde muy atrás. En la ciudad provincianota que descubrí en los días de mi infancia, conocí la irreductible inconformidad.

Hombres y mujeres convergían en tertulias regidas por la idea obsesiva de construir un país. Condenados al más absoluto desamparo, ignorados por las autoridades y por una burguesía volcada al disfrute de bienes materiales que desplegaba su boato en la crónica social de los periódicos, los artistas proseguían haciendo obra y los investigadores rescataban en archivos y bibliotecas la historia de la nación. No tenían interlocutor visible. Estaban movidos por la voluntad de hacer un país. A contracorriente, el rasguño en la piedra fue dejando huella. Las pinturas de Víctor Manuel, Ponce, Carlos Enríquez, Wifredo Lam, los textos de Lezama y Carpentier, los estudios de Fernando Ortiz y Emilio Roig dibujaron el rostro de la nación y animaron desde la subjetividad un imaginario colectivo. Dotaron de sentido la continuidad de la lucha a favor de la plena emancipación.  

 

Marina, Fidelio Ponce, Museo Nacional de Bellas Artes

El héroe criollo, Carlos Enríquez, Museo Nacional de Bellas Artes

 

En ese empeño por hacer un país fue tomando cuerpo mi propia identidad. Mi existencia toda adquirió sentido en aquella ciudad que alguna vez me acogiera con los brazos abiertos de su espléndido Malecón iluminado. No ha llegado la hora de dormir sobre los laureles conquistados. En el contexto de la globalización neoliberal, ante la agresividad de una derecha prepotente, hay que remendar errores y seguir edificando el país con el obrar de las manos de todos, de los adultos mayores que disponen del aval de una experiencia de vida y con la energía de los más jóvenes, comprometidos con el acicate de labrarse un destino.


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