El Armando Manzanero que yo conozco


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Armando Manzanero a su arribo a La Habana el viernes 13. Foto: Gustavo Rivera

Le había visto durante años cada vez que la televisión transmitía algún programa musical o aquella película donde aparecía sentado ante el piano, vestido de impecable traje, interpretando algunos de esos temas que conmueven las alamas; apelando a la memoria el filme de marras tiene por título uno de sus temas más conocidos: Somos novios. Había escuchado igualmente en la radio sus canciones interpretadas por algunas de las mejores voces que se puedan imaginar, o en las versiones instrumentales que existen. Y curiosamente todos se referían a él con probada confianza.

Armando Manzanero alimentó con sus canciones los sueños de muchas parejas en los años sesenta; solo que su impronta va más allá del hecho de escribir canciones románticas. Él fue uno de los renovadores del bolero y la canción en general en el mundo hispanoamericano. Eso nos hizo íntimos.

Pero, a ciencias ciertas, usted duda que yo conozca a Armando Manzanero. Le comento.

Corría el año 1993 cuando por vez primera visitaba México. Había llegado a ese país por la misma vía en que Hernán Cortez lo había hecho antes: por mar, y sería la ciudad portuaria de Tampico mi primer encuentro con aquellas tierras, por ese entonces formaba parte de la caravana de un importante músico cubano de gira por aquel país. Como reportero de tal acontecimiento debía incorporarme a la comitiva en el DF y para llegar a esa ciudad hube de recorrer cerca de dos mil kilómetros en los que vi todos los contrastes  de la vida mexicana, en ómnibus. Y lo mismo que en Cuba todo el recorrido fue escuchando la música del momento, que era nada más y nada menos el disco Romances I, de Luis Miguel.

Una de mis metas en ese viaje era conocer a Armando Manzanero a quien había entrevistado meses antes para el programa de Radio Rebelde en el que comentaba sobre acontecimientos de la música cubana de esos años; una entrevista que había terminado con la conocida frase de “…cuando quiera pase por aquí y conversamos, ahí le dejo mis teléfonos y saludos a la gente en Cuba…”. Sin embargo; el encuentro debió esperar a que regresáramos del concierto que debía ocurrir en la ciudad de Mérida. Suerte la mía.

La estancia en Mérida fue solo de una noche, por lo que lograr conocer la ciudad parecía imposible; sin embargo un músico cubano residente es esa ciudad me llevó a un baile de danzones en una explanada del malecón de esa ciudad en el que tocaba la orquesta Típica Yucalpetén; toda una institución de la música en esa ciudad y de la que había sido uno de sus fundadores el padre de Manzanero. Ahora disponía de mayores elementos para abordar la charla que habríamos de sostener cara a cara a mi regreso al DF.

Tal y como me había anunciado personalmente me contestó la llamada y acordamos vernos en su oficina de la Sociedad de Autores dos días después cerca del mediodía.  Asistir a la cita fue todo un alarde de puntualidad gratificante. Fue Pablo Manzanero quien me recibió en la entrada de la Sociedad de Autores con una cordialidad sorprendente y tras una taza de café me llevó al salón donde siempre su padre y Roberto Cantoral fumaban un cigarro; allí estaba Don Armando conversando con un joven músico guatemalteco que terminaba recién su primer disco acompañado por su productor el músico cubano Fernando Acosta y tras un cordial apretón de manos hizo las presentaciones de rigor apuntando: Ricardo dará que hablar en el futuro. Sin proponérmelo tuve el placer de escuchar algunos demás del disco debut de Ricardo Arjona y el gusto de abrazar a Fernando a quien no veía desde hacía al menos dos años después de abandonar el grupo Afrocuba.

Manzanero dedicó dos horas a este mortal que volvió a entrevistarle y como cierre me llevó a comer auténtica comida de Oaxaca en el restaurante donde comenzó parte de su carrera profesional siendo estudiante “… en ese viejo piano gané mi primer dinero… y aquí estuve trabajando sin parar todas las noches por más de un año…; ahora se nos sumaba Roberto Cantoral.

Volvimos a vernos una semana después para asistir a un evento privado en casa de un gran cantante mexicano donde también estaban Tania Libertad y Pablo Milanés. Se habló de proyectos, se escucharon canciones a guitarra y sin pensarlo Manzanero toco al piano algunas de esas canciones que le han hecho imprescindible en la música latina.

Años después la Revista Salsa cubana le invitó a venir y volvimos a conversar vía telefónica. Estaba más que dispuesto, pero un imprevisto de última hora frustró aquel viaje.  Hoy recién le acabo de ver bajar de la escalerilla del avión, siempre sonriente, y feliz por cumplir el sueño; solo ocurre que muchos de aquellos a los que pretendía ver en su primer intento ya no están.

El bolero y muchas de sus canciones tal vez no están de moda. Él lo sabe, sin embargo don Armando Manzanero es un hombre grande que sabe que “los milenium” también sufren mal de amores; por eso no deja de cantar.

El cariño limpio y puro trasciende los tiempos. Les contaré después de su paso por la Habana.

 


1 comentarios

Waldo Luciano Díaz Miragaya
26 de Julio de 2018 a las 14:06

Muy buen artículo y recuerda que:LO BUENO NO PASA.SE QUEDA.Porque como bien citaste trasciende los tiempos. Un Saludo afectuoso Waldo L.Díaz

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