El periodista, ¿qué tiene de soldado?


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Grande es la cifra en el quehacer periodístico de José Martí, pero en toda su obra, y en su vida, lo fundamental fueron la consistencia y la intensidad de sus actos e ideas. En enero de 1869, días antes de cumplir él dieciséis años, circularon su artículo distintivo de El Diablo Cojuelo, ágil publicación estudiantil, y, en La Patria Libre, de más cuerpo y vuelo, el poema dramático Abdala, textos que marcan el inicio de su relación con la prensa.

Su desempeño en ella, interrumpido por la muerte del héroe en combate, recorrerá sucesivamente publicaciones de distintos países durante el destierro que lo obligó a pasar gran parte de su existencia fuera de la patria. Pronto en esa trayectoria sobresalieron la precoz actividad de denuncia y polémica en publicaciones españolas y, ya en su periplo latinoamericano, la colaboración en rotativos de México –entre ellos, Revista Universal–; Guatemala, donde planeó hacer una Revista Guatemalteca, y Venezuela, donde hizo realidad la Revista Venezolana, de apenas dos entregas, pero que signó la modernización –o emancipación literaria– con que nuestra América influiría en el ámbito del idioma.

Durante su larga estancia en Nueva York trabajó como corresponsal para La Opinión Nacional, de Caracas; El Partido Liberal, de México; y, sobre todo, La Nación, de Buenos Aires. Esos órganos descuellan en un currículo cuya exposición detallada requiere amplio espacio. A partir de su escala mexicana hubo publicaciones en que hizo desde la gacetilla hasta el artículo de fondo, y a veces casi (¿casi?) números enteros.

En La América, mensuario latinoamericano editado en Nueva York, asumió la dirección, y en esa ciudad continuó su intensa faena política y cultural, diplomacia incluida, además de su colaboración en diarios y revistas de distintas latitudes. En octubre de 1888, El Economista Americano advirtió en nota editorial: “Responde por lo escrito en este número José Martí”. Al año siguiente circuló la maravilla de La Edad de Oro, que él echó enteramente sobre sus hombros.

La investigación ha tenido que vencer una dificultad para identificar muchos de los numerosísimos textos: a menudo se publicaban sin firma. Pero contra ese obstáculo se ha erigido su estilo personalísimo, junto con el carácter de su perspectiva, también singular.

Tesoro que se hereda

Las líneas precedentes y las que siguen están muy lejos de nombrar la mayoría de las publicaciones que en España, nuestra América y los Estados Unidos se beneficiaron con sus aportes. En carta a Manuel Mercado del 8 de agosto de 1887 se refirió de este modo a la pobreza en que vivía y al camino que seguían sus correspondencias periodísticas: “¡Y pasan de veinte los diarios que publican mis cartas, con encomios que me tienen agradecido, pero todos se sirven gratuitamente de ellas, y como Molière, las toman donde las hallan! Ya sabe, pues, lo que tengo, y con ello, por hoy, aunque con penuria, atiendo a cuanto debo”.

No miraba precisamente a lo económico un hombre que, con fuerza creativa para haberse hecho rico, escogió vivir en la pobreza y desplegar con sabiduría y honradez su voluntad de servicio. Así se dio a preparar, para alcanzar la liberación de la patria, una guerra revolucionaria en la que reservó para el periodismo un lugar eminente. Fue parte del poder comunicativo que desarrolló también con un epistolario y una oratoria asimismo colosales.

En 1892 fundó Patria, cuya entrega inicial se editó con fecha del 14 de marzo de ese año. No vio ni promovió ese rotativo como un órgano del Partido Revolucionario Cubano, organización proclamada el 10 de abril siguiente, sino como un vocero, un soldado en la lucha por la liberación nacional. Tal autonomía exoneraba a Patria de reducirse a los lindes ideológicos de un frente de composición heterogénea, y propiciaba que sus páginas calzaran una radicalidad mayor, a tono con el pensamiento de quien lo creó.

Las estrecheces no menguaron su sed de belleza, que no veía como cuestión de mero ornato. En Patria, al elogiar La Revista de Florida, publicación de cubanos en Tampa, declaró: “Se ha de cuidar de la hermosura, como de la libertad, porque las verdades mismas andan más de prisa por los caminos bien atendidos; y el oro enfangado, o labrado burdamente, no es como aquel donde recorta águilas y palomas el orífice”.

El alcance de sus ideales estéticos lo muestran las palabras que, desafiando la pobreza material, añadió a las antes citadas: “Todo ha de ser elegante, la cuna del niño y la mesa de trabajar, el traje que se viste y el periódico que se lee: acomete mejor, un ejército bien vestido; un rifle bello da deseos de ensayar la bala en los árboles venenosos; contra el veneno nada más han de ir las balas”.

Si para todo el mundo ofrece luz, es natural que se la brinde en especial a Cuba, que él supo abrazar como patria natal y en plena relación con la humanidad. Sobre la asunción de su luz en el país que le debe tan grande tesoro, hablan numerosos y significativos hechos en la Cuba revolucionaria.

Dos de ellos, ni remotamente los únicos, son la celebración del Día de la Prensa el 14 de marzo, como tributo a Patria, y que el Premio José Martí es el mayor reconocimiento otorgado por la Unión de Periodistas de Cuba para enaltecer la obra de toda la vida de sus miembros más destacados. Se trata de rendir homenaje a quien unió en altura extraordinaria pensamiento, palabra y acción, y quiso ser, antes que poeta en versos, poeta en actos, y que se le viera como un combatiente, aunque también con la palabra fue un poeta extraordinario, de estatura que se aprecia cada día más.

Periodista peleador

En el que fundadamente se considera borrador de una carta a Máximo Gómez, y ubicable entre finales de 1877 y comienzos de 1878, recaba información para un libro que preparaba –y hasta hoy se da dolorosamente por perdido– sobre la Guerra del 68, todavía entonces en marcha. Aludiendo a complejas circunstancias personales y de salud, expresa: “Seré cronista, ya que no puedo ser soldado”.

Y en carta del 12 de mayo de 1895 a Antonio Maceo, escrita en campaña –en la guerra a cuya preparación contribuyó en grado y de modo determinantes, y a la que nada le impidió incorporarse–, redondea su ciclo vital: “Vea eso en mí, y no más: un peleador: de mí, todo lo que ayude a fortalecer y ganar la pelea”.

Es recurrente la relación que explícita o implícitamente establece entre la brega periodística y la lucha revolucionaria, armada. Ello legitima que una de sus máximas escogidas con sentido heráldico por la prensa cubana sea la que reza: “¡tiene tanto el periodista de soldado!”. Razones hay para destacarla como una manera de definir y alentar a quienes tienen la responsabilidad de informar públicamente, pero sería erróneo tomarla como un mero llamamiento a la obediencia.

Esa exclamación se lee en su crónica estadounidense “El monumento a la prensa”, publicada en La Nación, de Buenos Aires, el 28 de julio de 1887. Allí relata: “En un vapor embanderado venían ayer del Cerro de los Cipreses, cuajado de tumbas, los periodistas de Nueva York y sus amigos, que, como quien va a una jira, fueron a las ceremonias de entrega de la columna, sin elocuencia ni mérito artístico, que señala el lote donde reposan los periodistas muertos”.

Al cronista, siempre fiel a su sentido ético y estético, le disgustarían la pobreza artística del monumento erigido a los trabajadores de la prensa, y que no se le diera al homenaje la debida solemnidad. Su disgusto se relacionaría con su aprecio –vale la precisión– hacia lo mejor del gremio. No lo idealizaba en abstracto, acríticamente, pues sabía cuán mancillado podía ser por intereses espurios y prácticas punibles, y a menudo lo era ya en su tiempo, el quehacer periodístico, como la oratoria y otros recursos expresivos. En la misma crónica se distancia del discurso que un venal orador de moda pronunció en la inauguración del monumento mencionado.

El revolucionario enaltece el tipo de periodista con quien se identifica, a partir de su propio modo de ser, vivir, actuar. Dando sentido pleno a la exclamación –en términos que rondan su tendencia a pensar y hablar para Cuba y para nuestra América toda en cualquier lugar donde se hallara–, sostiene: “Acá no se teme mucho a la muerte. El periodista sobre todo parece verla venir sin miedo”. Ese espíritu recorre la crónica, escrita por quien desde mucho antes se sabe llamado a una lucha armada que requerirá todo tipo de sacrificio, incluido el de la vida.

Desde los campos de Cuba en guerra siguió atendiendo el rumbo de Patria, y mostrando la importancia que reconocía a la prensa. Se entrevistó con el corresponsal de The New York Herald, publicación que él sabía vocera de los intereses imperialistas. Por eso mismo revisó cuidadosamente el original del manifiesto que firmó junto con Máximo Gómez y en respuesta al mencionado corresponsal envió por medio de este al poderoso diario.

En el mensaje trazó una inteligente advertencia contra las pretensiones de los Estados Unidos. La versión del texto, mutilado y tergiversado por el Herald, que ese diario publicó, por fatídica coincidencia, el 19 de mayo de 1895, corroboró las razones que el delegado del Partido Revolucionario Cubano tenía para estar en guardia contra ese órgano imperialista.

Insurrección y revolución

Martí cultivó un periodismo edificante, pensado –con respecto particularmente a Cuba– para fomentar entre sus compatriotas el espíritu de lucha necesario. Pero ni la convicción de que la unidad era fundamental entre los revolucionarios, ni el temor a reconocer debilidades presentes en la patria, lo animaron a favorecer un quehacer periodístico regido por una obediencia paralizante o empobrecedora. La revolución no tenía modo de monopolizar la información, pero tampoco mostró Martí inclinación a frenar el desarrollo de lo que él consideraba el primer deber de un ser humano: pensar por sí propio, incluso para defender con responsabilidad propósitos e ideales colectivos.

Aunque le enorgullecía que en el periodista hubiera mucho de soldado, y sabía la necesidad de que el ejército mambí tuviera en sus filas una disciplina fuerte y consciente, basada en la solidez patriótica y en la voluntad de lucha, no abandonó otras convicciones que también sabía fundamentales. Una de ellas fue la expresada con temprana madurez en su folleto La República española ante la Revolución cubana, de 1873: en Cuba “la insurrección era consecuencia de una revolución”.

Esa idea pasó, como fundamento de la República en armas, por la cual se luchaba, a su tesitura en la discusión –acaso no tan conocida como mal tratada– con Antonio Maceo en La Mejorana. Allí, y se lee en su Diario de campaña, sostuvo que era vital impedir que la patria –“y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército”– quedara “como Secretaría del Ejército”. Defendió asimismo que “este debía actuar con la libertad necesaria, pero cuidando que el país permaneciera como país y con toda su dignidad representado”.

Trazaba las bases de un sentido democrático y revolucionario cuya consumación requeriría alcanzar, junto con un pleno y eficaz funcionamiento interno, la mayor meta con que él concibió el programa de 1895, y que subyace, como estrategia profunda, en su mensaje al Herald: impedir la expansión del imperialismo estadounidense.

En la contradicción militarismo/civilismo, que tanto daño había hecho y seguiría haciendo, no abrazó ninguno de los polos. Lúcidamente situado lejos de ellos, concibió una opción política superior, con el debido respeto a la civilidad indispensable para la república, y a la acción militar necesaria para alcanzar la posibilidad de constituirla tras la liberación del país.

Equidistante 11 años de sus claros planteamientos de 1873 y de 1895, se ubica su actitud ante el plan insurreccional de Gómez, quien contaba con el apoyo de Maceo. De ese plan se retiró resueltamente Martí en 1884, sin actos ni pronunciamiento público alguno que pudieran ser lesivos para héroes a quienes admiraba de veras, y para quienes deseaba un futuro libre de los males del caudillismo feudaloide que tantos estragos políticos, sociales y éticos había ocasionado en nuestra América, incluida Cuba.

En la carta, meditada y tensa, en que le explicó a Gómez las razones de su separación, plasmó claramente este principio: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”. Sin forzar la mano, y a la luz de su pensamiento y su trayectoria, cabe decir que esa declaración tiene correlatos implícitos en otra expresable del siguiente modo: “Un pueblo tampoco se manda ni se informa como se manda y se informa un campamento”.

Cosecha y reclamo

No es casual que, frente a nocivos prejuicios y aprensiones que venían de la historia y perduraban en su entorno, tuviera en campaña la aceptación popular que tuvo, ni es casual que la ruptura de 1884 no impidiera que contase luego con la aceptación de Gómez y –aunque en menor medida, por razones para cuya elucidación falta aquí espacio– de Maceo.

Tampoco es fortuito que su legado conserve la vigencia que lo caracteriza, con sus enseñanzas para el quehacer periodístico, ni lo es la devoción discipular con que la patria revolucionaria lo abraza, y ha de seguir abrazándolo en el futuro, no solo en esa esfera profesional. Como en tiempos de Martí, aunque en otras circunstancias, no se trata solo ni principalmente de dar mayor eficacia a una función comunicativa útil, aunque ya eso sería importante.

El reclamo esencial radica en perfeccionar cada vez más la marcha cotidiana de la república moral capaz de asegurar bases sólidas para la dignidad ciudadana. Para ello resulta básico respetar, y propiciar en plena creatividad, el aporte de una prensa formada por periodistas que, sin dejarse paralizar por temores de ninguna índole, combatan males y enfrenten riesgos, y tengan por ello mucho de soldados.


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