Ni Madrid, ni Washington, ¡Yara!


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El próximo 20 del mes en curso, octubre, culminará la Jornada por el Día de la Cultura Cubana, que desde 1980 rinde tributo al estreno en 1868, ya con letra y en plena campaña independentista, del Himno de Bayamo, que devendría Himno Nacional. La celebración estaría incompleta si no se tuviera presente un hecho medular: la jornada comenzó con el acto central conmemorativo del sesquicentenario del inicio, el 10 de octubre de 1868, de la Guerra de los Diez Años, de cuya historia es inseparable  lo concerniente al Himno.

Realizada junto a las reliquias de lo que fue el ingenio Demajagua, propiedad de Carlos Manuel de Céspedes, quien allí desató y encabezó el levantamiento inaugural de aquella década heroica, la ceremonia recién celebrada ratificó lo que Fidel Castro sostuvo al cumplirse un siglo de la contienda: la inquebrantable continuidad del proceso revolucionario cubano.

Si el grito o pronunciamiento independentista del 10 de octubre de 1868 —precedido, al decir de José Martí, por una “preparación gloriosa y cruenta”— tuvo su escenario en lo que entonces era aquella fábrica de azúcar, las fuerzas patrióticas vivieron su bautismo de fuego al día siguiente en una localidad cercana, Yara, que se convertiría en símbolo de la vocación emancipadora del pueblo cubano. Militarmente la acción resultó una derrota para las tropas mambisas, que se hallaba en desventaja material y en cuanto a su preparación, pero el pensamiento patriótico nacional la reivindicó y asumió como expresión de firmeza combativa.

La importancia del símbolo, sin embargo, no autoriza a confundir los sucesos del 10 de octubre con los del 11 —como ocurre cuando se habla del Grito de Yara, imprecisión afincada incluso en el nombre de un central azucarero—; pero subraya el valor moral de una voluntad de lucha que desde los primeros momentos se aprestó a convertir los reveses en victorias, por lo menos en el plano simbólico, o nada menos que en él. El hecho de que el combate de Yara se haya elevado hasta esa altura recuerda que quienes allí se enfrentaron a las fuerzas colonialistas lo hicieron por una revolución que, desde su pronunciamiento inicial, adunó como objetivos esenciales la independencia nacional y la abolición de la esclavitud. La palabra siempre luminosa de Martí fijaría que Céspedes “no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos”. Quedaba así sellada una historia en que las ansias de soberanía marcharían medularmente unidas al afán de equidad social.

En el mencionado camino de continuidad del proceso revolucionario cubano, esa realidad sugiere recordar otra vivida noventa y tres años después, en abril de 1961: entre el 17 y el 19 de ese mes fue aplastada por la fuerzas del pueblo cubano la invasión mercenaria que, financiada y entrenada por el imperialismo estadounidense, pretendió implantar en las inmediaciones de Girón una cabeza de playa para desde allí reclamar la intervención directa de los Estados Unidos. Quienes en Girón lucharon para mantener la libertad de Cuba lo hicieron defendiendo la Revolución que el 15 de abril —en el sepelio de víctimas de acciones lanzadas por aquella potencia agresora como antesala de la invasión— se había proclamado socialista.

A esa espiral histórica añádase que, a diferencia de lo acaecido en Yara, en Girón triunfaron felizmente las fuerzas patrióticas cubanas: alcanzaron la que se ha llamado primera gran derrota del imperialismo en América, aunque de hecho cabría considerar que tan honroso título se le puede aplicar igualmente a la victoria del 1 de enero de 1959, base de los triunfos revolucionarios que vendrían luego, no solamente en Cuba. Esa espiral, que comenzó con el alzamiento del 10 de octubre de 1868, y no cesa, ha sido el fundamento estructurador de la cultura cubana.

Desde que Cuba se formó como nación, ambos propósitos tuvieron que ser sustentados y defendidos por su pueblo en lucha de acción o pensamiento, o ambas, contra imperios: primero, contra el viejo colonialismo español, y luego, o de manera simultánea —desde que las Trece Colonias se independizaban de la corona británica y se erigían como el núcleo de los voraces Estados Unidos—, contra la potencia que allí emergió y creció hasta llegar a ser el mayor poderío imperialista en su acepción moderna: la de fase superior del capitalismo, en lo que superior debe leerse como relativo a desarrollo material culminante de las fuerzas económicas, políticas y militares para la opresión, no en sentido meliorativo moral.

Thomas Jefferson, quien redactó la Declaración de Independencia estadounidense, expresó en 1805 el interés de apoderarse de Cuba por razones estratégicas, y en 1820, cuando ya era el tercer presidente de su país, ordenó al secretario de Guerra crear condiciones para consumar tal propósito. Ahí empezó, y no en 1959, el conflicto Cuba-Estados Unidos, mal llamado diferendo, porque no hay simetría alguna en esas relaciones, ni ha sido Cuba la nación que haya agredido, bloqueado o sometido a terrorismo a la otra, u ocupado parte de su territorio.

Martí fijó tempranamente en términos simbólicos y a la vez reales el dilema principal que en ese momento Cuba tenía ante sí —y al cual era necesario enfrentarse sin vacilaciones—: “O Yara o Madrid”, como se lee en un ágil periódico estudiantil del 19 de enero de 1869, El Diablo Cojuelo. Y sería también Martí el mayor y más esclarecido ideólogo y guía de la lucha que Cuba y toda nuestra América necesitaban y siguen necesitando hoy librar contra las aspiraciones del voraz vecino norteño.

Dos años después de aparecer aquella publicación juvenil, cuando ya había padecido presidio político y empezaba su vida de desterrado, en un cuaderno de apuntes estampó Martí ideas fundamentales en ese sentido. No solo se refirió a las diferentes constituciones culturales y emocionales de Cuba y los Estados Unidos. También escribió que “ellos vendían mientras nosotros llorábamos”, lo que vale leer como señalamiento de complicidades políticas y arreglos comerciales de la potencia norteña con la metrópoli española, y no en cualquier momento, sino cuando la vanguardia del pueblo cubano se había alzado en armas contra la corona colonialista y sufría las consecuencias de la guerra.

El creciente explayarse de la voracidad de los Estados Unidos a nivel continental, y con implicaciones para el mundo todo, y de los planes de esa nación dirigidos a sustituir a España en la dominación de Cuba, fortalecieron en Martí un claro y sembrador pensamiento antimperialista. Ese pensamiento se formó en él parejamente con la certidumbre de que ya el principal enemigo para la libertad de su patria estaba, más que en el ejército español —contra el cual organizó una guerra ineludible—, en las ambiciones de hegemonía abrazadas por los Estados Unidos.

Las advertencias de Martí contra esas ambiciones, y contra los actos que los protagonistas de ellas emprenderían para hacerlas valer, bien pudieran resumirse en un dilema que daría continuidad al planteado por él en 1869. Veinte años después, en 1889, el revolucionario cubano refutó de modo especialmente claro, con su “Vindicación de Cuba”, el menosprecio que contra ella se cultivaba en los Estados Unidos. Lejos de limitarse a Cuba, Martí encaró con actitud resuelta y abarcadora la realidad continental, visible y también subterráneamente marcada por el Congreso Internacional de Washington (1889-1890) y la Comisión Monetaria Internacional (1891), celebrada asimismo en la capital estadounidense como un desprendimiento del foro anterior.

La profundidad y el alcance de su pensamiento la ratificó Martí el día antes de caer en combate, cuando confesó en carta a su amigo mexicano Manuel Mercado el que él consideraba no uno de sus deberes, sino su deber: “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Para Cuba entonces, por tanto, bien pudo haber planteado Martí su gran dilema en los términos “O Yara o Washington”. De varios modos lo habrán apuntado distintos autores, como —he aquí una muestra— el de este artículo en “Con José Martí: para que la victoria siga siendo victoria” (2015), o el imprescindible Fernando Martínez Heredia en su ensayo “O Cuba o Washington” (2016).

Los peligros de la realidad resumida en lo que pudo haber sido un lema como “O Yara o Washington” no han desaparecido, aunque la heroica permanencia de su Revolución victoriosa le ha dado a Cuba la solidez necesaria para seguir encarando triunfalmente al imperio. Ese es el poderío que —con la conocida intervención armada que le arrebató a la patria de Martí la victoria que ella había probado merecer contra la carcomida metrópoli española— la sojuzgó desde 1898 hasta 1958, y de 1959 para acá ha intentado doblegarla con hechos de armas, terrorismo y bloqueo económico, financiero y comercial. Cuando ocasionalmente ha anunciado un cambio de su política hacia Cuba, lo ha hecho ostensiblemente —así Barack Obama— sin renunciar al afán de destruir su proceso revolucionario, lo que no ha logrado por los caminos hasta hoy más característicos de su naturaleza imperialista.

Tal ha sido, y es, la historia de las agresiones de aquella potencia contra Cuba, y también la historia de la voluntad emancipadora del pueblo cubano, que la reafirma cuando entona el Himno Nacional, cuya interpretación por vez primera, ya con su letra, el 20 de octubre de 1868, en campaña, se recuerda con la celebración del Día de la Cultura Cubana. Se trata de un concepto de cultura que, lejos de agotarse en el patrimonio artístico-literario de la nación, apunta al conjunto de la obra creadora, en todos los órdenes —materiales y morales, con sentido rector fijado en los segundos—, de la porción de humanidad delimitada por la patria cubana.

En esa obra la soberanía nacional y la justicia social son inseparables, y ello prepara al país para la lucha antimperialista que debe seguir librando, y, al mismo tiempo, refuerza la rabia que el soberbio imperio experimenta frente a un pueblo decidido a no ceder ante enemigo alguno, por poderoso que este sea. En esa decisión el Himno creado en el Bayamo insurrecto llama a cubanos y cubanas a luchar por la patria que los contempla orgullosa, y les recuerda que morir por ella es vivir, lo que siempre será digno, a diferencia de lo que significaría vivir en cadenas, que sería “vivir en afrenta y oprobio sumido”.

Esas concepciones se resumen y se fortalecen en el camino por donde, desde el “Patria y Libertad” de los fundadores y las fundadoras de la nación, se llegó al resuelto “Patria o Muerte, Venceremos” que guía al pueblo cubano en su lucha patriótica y consecuentemente antimperialista. Ni Madrid, ni Washington, ¡Yara!


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