Salud, #708.


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Omara Portuondo. Foto tomada de Internet

Existen personas afortunadas. Aquellas que han estado en el lugar exacto en el momento indicado. Gente que ha presenciado los efímeros momentos en los que se hace historia, los fenómenos que ocurren solo unas pocas veces en la vida y se destacan entre el tapizado de recuerdos de nuestra memoria. Estar frente a Omara Portuondo en un concierto como el del pasado sábado 7 de julio, me hace sentir en extremo agradecida a mi suerte por ser una de ellas.

No hace falta referir la reconocida trayectoria de Omara, nuestra novia del feeling, y procuraré no pecar de redundante, puesto que una artista como la Portuondo no necesita de introducciones, pero he de mencionar las particularidades de un encuentro que se destaca entre sus presentaciones por la intensa carga emocional que contiene.

Con sede en la capitalina calle de Salud en la Habana Vieja, la presentación de Omara se efectuó por vez primera en la barriada que la vio nacer frente a la desgastada puerta del número 708. Entonces una puede imaginar lo que significa el retorno al punto de partida, el reencuentro con un público de admiradores, vecinos, todos amantes de su música. Ser cómplice de esta reunión actúa en la sensibilidad de un espectador no tan inocente como metáfora tangible del carácter espiral de la vida.

Acanalados tejados y pintadas rejas que, como confesó Omara, “guardaron su infancia de juegos con pelotas hechas de cajas de fósforos o bicicletas rentadas”, se conmovieron con el sonido de una voz que a pesar de sus años mantiene toda la potencia, el cuidado y la delicadeza que la sitúa entre las grandes de la cancionística de nuestro país. Noche Cubana de César Portillo de la Luz, inició la velada, seguido por La última noche que pasé contigo. Ambas con vibrantes interpretaciones, de inmediato dejaron claro que la alegría y el dinamismo son pertenencia de nuestra amada cantante, quien a su vez se hizo acompañar de excelentes músicos de la talla de Oliver Valdés en la percusión y Barbarito Torres, a cargo del laúd.

El comienzo sonero que regocijó a todos los presentes dio paso a una personal versión del antológico tema Lágrimas Negras. Y es ahí cuando se entiende a nivel sensorial en qué consiste la música cubana, porque resultó una lección magistral escuchar un clásico interpretado por una grande como Omara. Esa melodía desnuda, transparente y también muy conocida, la cantante la interpretó con sumo cuidado aprovechando la sencillez de su diseño melódico y manejó sutilmente el timbre y el vibrato que solo empleó para llamar la atención del oyente sobre los momentos más importantes del texto y su discurso melódico.

En el contraste magnífico entre las dos partes de la canción, los músicos acompañantes supieron conducir los cambios de carácter hasta el marcado movimiento del estribillo. Ya estaba el camino pavimentado para tomarnos por sorpresa luego de la alegría contagiosa del baile.

Adiós a la felicidad fue uno de los puntos clave del concierto, pues representó un cambio total en la proyección del formato y de nuestra cantante. Quedaron solos, la voz y el piano acallando los rezagos de la excitación acumulada. Una introducción en manos de Víctor Campbell (teclados), que es siempre un descenso misterioso a la trampa de su invención, condujo a sellar nuestro escape cuando Omara pronunció la primera frase con ese timbre suyo que nos regresa inmediatamente al pasado. Ese timbre de Omara, que nos recuerda a aquella época, a aquellos años del Buena Vista. El timbre de Omara que nos recuerda la juventud que se ha ido. ¿Cómo podría escribir la complejidad de ese instante? No solo se trataba de la inmensa belleza del canto o del acompañamiento. Es que Omara, en el crepúsculo de esa tarde, quizás de su vida, había regresado a cantar una música de abandonos y ternuras al humilde sitio donde inició su ruta desconocida que aún no cesa. No nos cantaba a nosotros, sino que nos contaba sobre su lado menos conocido. Descubría íntimamente sus tristezas como solo se hace en familiaridad. Por un momento, por unos breves minutos se nos permitió tenerla como cuando estamos con un amigo de siempre, amando en confidencia bella y desconcertante. Fue una calma que solo fue nuestra, y solo para ese momento.

Pero la pena nunca dura con su alegría y dulzura, y así siguieron sones como La Rosa Oriental y canciones como Tal Vez y Veinte Años. Fiesta de risas y goces, los gritos de agradecimiento y cariño interrumpían de entre la muchedumbre y los pedidos eran incontrolables. ¿Pues cómo no rogar por escuchar de primera mano temas como La Era o Por eso yo soy cubana? Otros como Sábanas blancas fueron coreados por el público que no quería dejar marchar a su estrella.

La noche debía concluir y con la interpretación de la conocida Amigas, canción compuesta especialmente para las integrantes del cuarteto Las D´Aida y que resumía el carácter del concierto, vimos alejarse a Omara llevándose consigo todo nuestro agradecimiento porque ha dedicado su vida a brindar felicidad, consuelo y buena música a generaciones de cubanos.

La magnificencia de su voz, por encima de toda condición, hace de ella uno de los pilares más sólidos de la canción en Cuba de todos los tiempos. Y aunque se han prometido nuevas presentaciones, he de confesar que el sentimiento encontrado en la sencilla calle de Salud, frente al 708, es un fenómeno raro y maravilloso. Como de esos sucesos que uno encuentra una, quizás dos veces durante la vida.


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