15 de marzo, 1812 y 1878. Aponte y Maceo. Rebeldía e intransigencia


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El 15 de marzo es una de las fechas sobresalientes en la historia de Cuba en la que se hermanan dos figuras descollantes: José Antonio Aponte y Ulabarra y Antonio Maceo y Grajales. El primero, precursor de las luchas independentistas y abolicionistas y el segundo, el más bravo de los generales cubanos en las guerras por la independencia.

Epílogo de una rebelión

El 15 de enero de 1812 estalló, en cinco haciendas de la región de Puerto Príncipe, -actual Camagüey, su nombre autóctono- la rebelión dirigida por José Antonio Aponte, primer levantamiento armado por la independencia de Cuba y la abolición de la esclavitud. La sublevación se inició por los esclavos de la hacienda Najasa y se extendió posteriormente a las denominadas Daganal, San José, Santa Marta y Montalbán. Cruelmente reprimido el alzamiento, sus principales líderes fueron ahorcados en la Plaza de armas de la ciudad, actual parque Agramonte.

En Holguín, Juan Nepunocemo dirigió el levantamiento e igualmente, fue ahorcado en la plaza pública, hoy parque Calixto García. La sublevación se extendió a la región de Bayamo, Remedios y otras zonas del centro y el oriente del país.

En el occidente, el mayor pronunciamiento ocurrió el 15 de marzo en La Habana, dos meses después de iniciada los pronunciamientos. Aponte, el líder de la conspiración, tenía planeado ponerse al frente de la rebelión personalmente pero no lo logró, fue apresado a la salida de su casa de vivienda, en la calle Jesús Peregrino, esquina a la Calzada de la Beneficencia, en el periférico barrio de La Guadalupe.

El plan en la capital de la colonia era ambicioso. Abarcaba la rebelión de tres ingenios azucareros de la jurisdicción de la villa de Guanabacoa, la sublevación de los batallones de milicias de pardos y morenos del cuartel de Dragones y el castillo de Santo Domingo de Atarés, la apropiación del armamento y pólvora del arsenal y polvorín de ésta fortaleza, el llamado a sumarse a la rebelión a los batallones de milicias de blancos, el lanzamiento de volantes en todos los barrios de la ciudad y de las poblaciones aledañas llamando a los criollos todos: blancos, negros y mulatos a la rebelión.

Ese extraordinario plan no pudo cumplirse. Ocurrieron sólo las sublevaciones de las dotaciones de esclavizados de los ingenios Peñas Altas y Trinidad. El primero, en las inmediaciones del poblado de Guanabo y el segundo, en las cercanías del pueblo de Peñalver. La rebelión del ingenio Santa Ana, no se produjo pues la traición de un esclavo, la abortó antes que pudiera iniciarse.

La rebelión fue salvajemente reprimida, destacándose por su crueldad Orihuela, el mayoral del Peñas Altas y las fuerzas enviadas por el teniente gobernador de Guanabacoa, Martín de Ugarte.

En la ciudad nada ocurrió, los milicianos no llegaron a sublevarse ni se pudo llamar al pueblo a la rebelión. Juan Bautista Lisundia, lugarteniente del movimiento y los restantes principales jefes, fueron apresados y sometidos a un juicio sumarísimo por la Comisión Militar. El 7 de abril se celebró el aparatoroso juicio ordenado directamente por el capitán general Salvador Muro y Salazar, marqués de Someruelos. El día 9, fueron ahorcados, decapitados y sus cabezas expuestas en jaulas en lugares públicos.

La cabeza de Lisundia fue expuesta en el ingenio Peñas Altas, la de Juan Barbier en el ingenio Trinidad, la de Aponte en su propia casa, la de Clemente Chacón, el organizador de la compañía de morenos en el castillo de Atarés, fue exhibida también en su casa, por el Puente Nuevo del Horcón, en Cuatro Caminos.

El de Aponte, se considera el primer movimiento precursor de las luchas independentistas y abolicionistas no porque haya sido la primera conspiración con ese fin –antes, estuvo la de Nicolás Morales en 1795 y la de Román de la Luz, en 1810- sino porque fue el primer movimiento conspirativo que llegó al levantamiento armado.

Tuvo un carácter nacional, con un hilo conspirativo que abarcó varios barrios de la ciudad de La Habana, pequeñas y medianas unidades de milicias, una logia masónica, los pueblos de Regla y Casablanca, la villa de Guanabacoa, varios ingenios de esa villa y la de la región de Matanzas, seguía a Remedios, Puerto Príncipe, Holguín, Bayamo hasta el extremo oriental.

La intransigencia que salvó la Patria

66 años después de la sublevación de Aponte, se protagoniza por Antonio Maceo la Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de 1878. La Guerra por la independencia, la había iniciado Carlos Manuel de Céspedes –el Padre de la Patria- el 10 de octubre de 1868, con los mismos propósitos por los que se había levantado Aponte en 1812: la independencia de Cuba y la abolición de la esclavitud.

La guerra se había desarrollado en ascenso a favor de los patriotas hasta 1876. Hasta ese momento, se había tomado la ciudad de Bayamo, la que no se rindió y prefirieron sus vecinos incendiarla antes que entregarla. El Camagüey había secundado la contienda el 4 de noviembre de 1868 con el Grito de Las Clavellinas y Las Villas el 2 de febrero de 1869 mientras el occidente estaba en estado de guerra, aunque no, en guerra, con partidas volantes mambisas operando en su territorio y los laborantes con su labor conspirativa clandestina.

La exitosa invasión a Guantánamo en 1875 dirigida por el general Calixto García, en la que se destacaron sobre manera, los hermanos Antonio y José Maceo, demostraron el poderío del Ejército Libertador. Sin embargo, la invasión al occidente con el general Máximo Gómez al frente y “El Inglesito” o “El Americano” brigadier Henry Reeve, de lugarteniente, no tuvo éxito y el contingente invasor no pasó de la llanura de Colón.

En el orden político, la guerra había transitado por caminos escabrosos. La asamblea constituyente de Guáimaro, del 10 al 12 de abril de 1869, fundó la república, pero sometió la conducción de las acciones bélicas a las decisiones de la Cámara de Representantes y a la larga, eso tuvo un costo inmenso. La destitución y abandono de Céspedes, su muerte y la de Agramonte. Los sucesos de Santa Rita y Lagunas de Varona, sean sediciones o no, fueron indisciplinas militares, aun cuando sí eran derechos civiles. Las Villas vivió ciclos constantes de pacificación y resurrección mientras que el occidente seguía en paz y los efectos de la “creciente de Valmaseda” a inicios de la conflagración, continuaron haciendo daños en los años siguientes. Para 1877 la guerra estaba estancada en ambos bandos, ni España ni los patriotas cubanos la tenían ganada ni perdida, era un desgaste.

Arsenio Martínez Campos, nombrado capitán general interpretó el momento como el idóneo para proponer la paz sin el reconocimiento de los objetivos de los mambises, ni independencia ni abolición.

El Comité Revolucionario del Centro, asumiendo inconsultamente la representación del campo insurrecto, firmó un pacto con el recién llegado, el 10 de febrero de 1878, en un sitio llamado El Zanjón, en la llanura camagüeyana.

España ofrecía un régimen autonómico, el reconocimiento de la libertad de los esclavizados y culíes que se incorporaron al Ejército Libertador y salvoconductos para la salida del país a quien lo solicitara. ¡Nada más! Que era casi nada, y, sobre todo, nada de independencia ni de abolición de la esclavitud.

El mayor general Antonio Maceo, solicita una entrevista a Martínez Campos y se hace acompañar de otros jefes orientales, como Vicente García, Fernando Figueredo, José Maceo, Guillermón Moncada… el encuentro ocurrió el 15 de marzo en los Mangos de Baraguá.

¡Guarde usted ese documento, no queremos saber de él! Esa frase del Titán quedó para la historia y a la pregunta del jefe hispano: ¿Entonces, no nos entendemos? La respuesta no se hizo esperar: ¡No, no nos entendemos!

José Martí calificó lo sucedido en Baraguá, como “de lo más hermoso de nuestra historia” El general Maceo transformó los efectos del pacto, en una simple tregua, los cubanos y cubanas seguirían luchando por sus objetivos patrios, las banderas no llegaron al piso, se levantaron cuando iban cayendo. 

En El Zanjón, la decepción y el desquebrajamiento moral. En Baraguá, la intransigencia revolucionaria. Fidel Castro, diría el 15 de marzo de 1999, fecha en que el pueblo cubano apoyaría “el Juramento de Baraguá”, que Cuba es y será un eterno Baraguá. Hoy decimos: somos continuidad.


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