Aplausos a una memoria revisitada / Por Ignacio Cruz Ortega


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La memoria es parte del presente, razón en la que se invierten expectativas cuando de construir futuros se trata; involucrando a quienes, desde hoy, reconocen en ese pasado una huella de peso para la continuidad.

Bajo ese criterio pensamos al asistir a la reciente producción del Teatro Lírico Nacional de Cuba que dirige el Maestro Roberto Chorens: Cuatro grandes de la ópera, que subió a la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana.

Fueron tres jornadas, del 4 al 6 de mayo, en que solistas del conjunto repasaron selectas arias de Gioachino Rossini, Giacomo Puccini, Richard Wagner y Giuseppe Verdi; entregadas al repertorio operístico universal.

Hasta este punto, resultó una valiosa selección que confirmó la altura de nuestros intérpretes dedicados a tan específico género: nuevos y consagrados que probaron así sus diferentes calidades, acompañados los dos primeros días por Gabriel Chorens y Jessica Barreto, al piano; en una yuxtaposición de cantos bien hilvanada.

Llegado el colofón del plural homenaje fue cuando se vislumbró el clímax del reto por el que fueron convocados, al devolverle al presente olvidados arreglos para la Banda Nacional de Conciertos, que concibiera el Maestro Gonzalo Roig, a partir de originales de Verdi y Wagner.

Más de cuatro décadas llevó el público sin escucharlos, ahora bajo la batuta del Maestro Igor Corcuera, actual titular de la agrupación fundada en 1899; en comunión con los criterios curatoriales de Daniel Noriega, al frente de la Dirección de Arte del abundante programa.

Bien se sabe lo complejo que resulta arreglar partituras originales, y los tantos que han cobrado independencias en los escenarios de concierto, escuchándose una y otra vez; mientras se han relegado al olvido otros, de tamaña magnitud.

Por tanto, resultó ser una suerte de «redescubrimiento», propiciado por el arte de la soprano Alioska Jiménez al asumir el Preludio y Muerte de Amor, de la ópera Tristán e Isolda, de Wagner; O don fatale, O don crudel, perteneciente a Don Carlos; y A te l´estremo addio… Il lacerato spirito, de La Traviata; estas últimas de Verdi.

Del mismo compositor, fue igual de aplaudido el arreglo de Roig de la Marcha Triunfal, de la ópera Aida, para la Banda Nacional; así como Mercé dilette amiche, de Las vísperas sicilianas; y Eri tu, de Un baile de máscaras, defendidas por la también soprano Kirenia Corso y el novel barítono Reynaldo Cobas.

Ninguna de las arias interpretadas fue ajena al autor de nuestra universal zarzuela Cecilia Valdés, calificado por Eduardo Sánchez como «valor positivo en el arte de la instrumentación, a la vez que «conocedor de los instrumentos y de sus timbres».

De ello mucho se escuchó entre todo el programa dominical en la sala García Lorca, que abrió con el homenaje de la noche a Rossini, a través de la Obertura de El Barbero de Sevilla; y siguió con igual tributo a Puccini, en los que bien se lucieron R. Cobas y Marcos Lima con su probado magisterio; seguidos por las jóvenes sopranos Indira Hechavarría y Cristina Rodríguez, de ascendente carrera en el panorama lírico habanero.

Suma de exigentes arreglos en su totalidad, que mucho reclamó a cantores e instrumentistas y más al director; logrando una resultante validada por las ovaciones, hasta el quedo de los últimos aplausos, a la espera de más en tan noble devolución de un pasado, necesitado de más revisitaciones.


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