Brevísima historia de la burocracia (VI parte y final)


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En Cuba se heredó el atrasado burocratismo del colonialismo español, caracterizado por su ineficiencia e injusticia. Algunos escritores como Ramón Meza provocaron un inusual bullicio literario en el llamado “reposo turbulento” del período entreguerras ?1878-1895? con su novela Mi tío, el empleado, de 1887; la denuncia a la corrupción de los burócratas colonialistas es colocada bajo la óptica de un intenso realismo de esencias, cercano al naturalismo, que ocasionó un escandalillo en los medios culturales de la naciente burguesía cubana. Esta realidad había sido vislumbrada por Martí desde los Estados Unidos y fue reafirmada por José Antonio Ramos en los inicios de la república; baste atender un análisis que Ramos pone en boca de uno de sus personajes: “[…] los cuatro podridos horcones que soportan la sociedad actual […] ¡La burguesía plutocrática, guardando sus tesoros en sitio ventilado y a sus siervos en los sótanos; moviendo y dirigiendo y explotando al mundo entero para llenar sus arcas…! ¡La aristocracia, figurando en las crónicas sociales, sosteniendo sus títulos con ricas herederas y deslumbrando almas cándidas con sus viejos papeles…! ¡La burocracia, construyendo asilos benéficos sobre las lomas de Los Chivos, engañando a sus pueblos de Mansos y Carneros, con bancos, carreteras y donativos que benefician más a los poderosos que a ellos…! ¡El clero, sorprendiendo las inteligencias con sofismas y silogismos para torcerlas, enseñando que las obras de los grandes libertadores son libros obscenos, apoderándose para sus rebaños de almas, de todas las almas del rebaño que encuentran a su paso!” (Almas rebeldes. Drama en cuatro actos, Barcelona, Librería de Antonio López, 1906). Casi al inicio de la república, la burocracia, asociada al engaño, ya se erigía como uno de los cuatro “podridos horcones” de la sociedad cubana. Sin embargo, posiblemente el inicio organizado del burocratismo corrupto de la república, se produjo después de la segunda intervención norteamericana, con la fórmula del interventor Charles A. Magoon de hacer concesiones espléndidas a determinadas personas, muchas veces contratistas de obras públicas y de otras secretarías, en la repartición de sinecuras a costa del erario público; estas prácticas fueron continuadas por su mejor alumno, el voraz José Miguel Gómez, quien se ganó el mote popular de “Tiburón”, y como organizó definitivamente las llamadas “botellas”, se consagró la expresión de que “Tiburón se baña, pero salpica”. Cuando el capitalismo de Estado se hizo más fuerte con el gobierno de Fulgencio Batista, creció considerablemente el burocratismo corrupto; tal situación sobrepasó cualquier límite imaginable en los llamados “gobiernos auténticos” de Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás; “en 1950 había casi doscientos mil empleados públicos y a gastos de personal real o supuesto se aplicaba más de 80 % del presupuesto nacional” (1).

Cuando la Revolución triunfó, Cuba arrastraba como lastre ese peso ominoso. Tan pronto como la nación logró cierta estabilidad después de la victoria de Playa Girón en 1961 y al superar la Crisis de Octubre en 1962, los dos problemas internos esenciales sociopolíticos en los que hubo de concentrarse la Revolución, junto al sostenido y heroico esfuerzo por el desarrollo económico para lograr menos dependencia del exterior, fueron el sectarismo y el burocratismo. Si el primero ocasionó procesos escandalosos, el segundo ha sido una persistente lucha cotidiana que encabezaron entre otros líderes Fidel Castro y Ernesto Che Guevara. Posiblemente Fidel sea uno de los líderes políticos que más haya condenado el burocratismo; se cuentan por decenas sus discursos o intervenciones públicas en que este tema es el fundamental; cuando comenzaron a estrecharse las relaciones comerciales, económicas y militares, así como políticas, sociales y culturales con la Unión Soviética, el líder de la Revolución cubana alertaba sobre el peligro del burocratismo; en 1964, al resumir el cuarto aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución, repudió enfáticamente el burocratismo y lo calificó como “el espíritu pequeñoburgués en el Estado proletario” (2), y señaló que la cuestión del burocratismo no es solo un problema de preparación teórica sino de práctica revolucionaria; este combate no se detuvo nunca, ni siquiera cuando las relaciones comerciales con la URSS y el llamado “campo socialista” quedaron como única opción a partir de 1970: “El socialismo si no es de masas fracasa, porque tiene que trabajar para las masas y los problemas solo los pueden resolver las masas […]. Sin las masas el socialismo pierde la batalla: se burocratiza, tiene que usar métodos capitalistas, tiene que retroceder en la ideología” (3). El burocratismo fue un tema casi obsesivo para el Che, incluso antes que para Fidel, a tal punto que en el temprano 1961 le dedicó un artículo con el clarísimo título de “Contra el burocratismo” (4); en él analizaba las causas de las “guerrillas administrativas”, el desinterés del individuo por rendir un servicio al Estado socialista y el conformismo para acomodarse, la salvación de la responsabilidad de los burócratas al establecer una “defensa escrita”, la falta de organización y los “cuellos de botella” que atascan el flujo de las operaciones productivas, las indicaciones mal orientadas, la carencia de métodos para resolver los problemas y el uso de vías falsas perdidas en el laberinto de los papeles, la solicitud de tareas secundarias o el concederle importancia a lo que no la tiene por la falta de lógica…; el Che mantuvo un impresionante sentido autocrítico al asumir que la dirección económica de la Revolución era la responsable de la mayoría de los males burocráticos, pues la centralización excesiva sin una organización adecuada había frenado la acción, además de la falta de conocimientos técnicos apropiados por la inexperiencia de los cuadros; el que fuera presidente del Banco Nacional de Cuba y posteriormente Ministro de Industrias, consideró al burocratismo como el problema central de organización revolucionaria, y su crítica al “reunionismo” y a los erráticos estilos de trabajo fue un llamado que ponía en primer plano la falta de motivaciones internas para realizar algunos trabajos, propiciadora de la llamada por Marx “enajenación”; a su juicio, eran imprescindibles la explicación concreta de las tareas y la inspiración optimista basada en la confianza en el Hombre Nuevo que intentaba formar; trabajó para evitar la duplicación de funciones, le declaró la guerra al burocratismo y se ocupó de la agilización del aparato estatal como ningún dirigente revolucionario. Tanto Fidel como el Che sabían que el burocratismo no se esfumaría de la noche a la mañana, porque tenía una causa o premisa, contenido o sustancia, profundamente cultural y arraigada en la historia, y que tendría que erradicarse sin que desapareciera la legítima y necesaria burocracia estatal que forma parte de la organización de la sociedad; algunos intentos se hicieron más allá del límite permitido para eliminarlo, pero fue peor el remedio que la enfermedad cuando se intentó prescindir de todos los burócratas, incluso de los necesarios.  

El pensamiento que engendró el burocratismo se consolidó en Cuba una vez pasada la mística revolucionaria, al tener que enfrentar las situaciones de bloqueo y guerra sistemática de los Estados Unidos en su persistencia por dañar a la Revolución; ha tenido momentos de mayor o menor impacto negativo, entre otras razones por su dependencia de los avances y retrocesos de la inestable economía de la Isla. Su afianzamiento fue visible cuando se establecieron los modelos económicos soviéticos en los años 70, especialmente a partir de una planificación demasiado dirigida y rígida implantada desde el “gobierno de las oficinas”; fui testigo de varias discusiones con asesores soviéticos sobre la planificación de papel y cartulinas necesarias para la edición del libro; una vez no alcanzó un día de discusión y hubo que seguir al siguiente, sin convencerme de que el rigor de esa planificación, según sus indicadores, dejara resuelto el problema. Tal y como lo aprecié, se trataba de una camisa de fuerza arbitraria que había que aprobar para cubrir un formalismo y no un instrumento eficaz de control de los gastos de papel en la industria del libro.

Aquellos procedimientos dejaron un sistema burocrático ineficiente que trazaba planes no solo quinquenales, sino para el largo plazo de veinte años; tal mecanismo se convirtió en pura literatura fantástica y tales experiencias nefastas no deben tirarse al cesto. Prevalecieron ejemplos enajenantes, que condujeron a la pérdida de valores y a la corrupción, hasta entonces casi inédita en el proceso revolucionario. En los años 80, en pleno período de institucionalización, se estableció una tensión entre el aparato burocrático de ejercicio coactivo y los programas o proyecciones en que se proponía una mayor democracia socialista. No pocas veces la aplicación errónea de la necesaria burocracia condujo a un burocratismo de visibles y erráticas consecuencias agravado por la ignorancia o la deformación de algunos cuadros, que obligó a un período “de rectificación de errores y tendencias negativas”; además, no siempre la aplicación de la democracia socialista generó un clima de organización, disciplina y orden para obrar con racionalidad. El Período Especial desmanteló hasta parte de la necesaria burocracia; sin embargo, su reconstrucción posterior construyó o afianzó vicios que se venían incubando desde finales de los 80; entre ellos, el más peligroso: la corrupción; pero también, el formalismo y los estereotipos, la uniformidad “desde arriba” y el “verticalismo” por la falta de coordinaciones horizontales, el papeleo infinito, una dispersión sistemática de cualquier responsabilidad para diversos trámites que el pueblo ha bautizado como “peloteo”, la insensibilidad ?que unida a la ignorancia construye un arma letal?, el espíritu de rutina, la abulia, el crecimiento de la mediocridad y la falta de audacia responsable para solucionar los problemas, el reemplazo del sentido común por la improvisación riesgosa, el voluntarismo, la precipitación irreflexiva y la llamada “proyectomanía”, las atribuciones indebidas y la jactancia de facultades ?no pocas veces con la deformación del “aguaje” criollo o la “delegación a la inversa”?, el “reunionismo” que autoriza la prolongación de los problemas con los nombramientos de comisiones sin enfrentar sus raíces ?menos si va a contracorriente de las voluntades políticas del momento?, el “secretismo” que abre brecha a la corrupción y justifica operaciones fraudulentas, la falta de un clima de discusión sana, debate profesional, crítica y autocrítica cotidiana y construcción del diálogo… El pensamiento burocrático solo se irá erradicando con la construcción de una democracia socialista creativa y responsable, partiendo de las iniciativas promovidas desde el pueblo en su auténtica participación deliberativa en los asuntos esenciales del Estado y la sociedad.

 

Notas

(1)Fernando Martínez Heredia: “Nacionalizando la Nación. Reformulación de la hegemonía en la segunda república cubana”, compilado en Pensamiento y tradiciones populares: estudios de identidad cubana y latinoamericana, La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2000.

(2) Citado por José Cantón Navarro y Martín Duarte Hurtado en: Cuba: 42 años de Revolución. Cronología histórica 1959-1982, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, t. I, p. 144.

(3) Ediciones COR [La Habana], núm. 13, 1970, p. 56.

(4) Revista Cuba Socialista, abril de 1961.

 


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