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Errores y derrotas, verdades y escalones


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I. Frágiles senderos del error (existencial) a la verdad (poética)

Un tópico esencial que recorre Los frágiles senderos, poemario de Rubén Fernando Alonso (1), es el que vincula al sentido de la poesía con el de la existencia. Desde la cita de Nietsche que precede el cuaderno (“A un error nunca le sucede la Verdad, a un error siempre le sucede otro error…”), hasta el poema último, la relación entre el sentido de la poesía y el devenir axiológico de las circunstancias sociales se hace a cada paso intensa. Desde su perspectiva, la poesía no se presenta como objeto, sino como don poderoso, o como facultad exclusiva de ejercer el poder de la sabiduría y, con él, el del mejor destino. En el poema «La razón» le niega a esta su posibilidad de salvarnos y privilegia las posibilidades del Poeta, sustantivándolo, ante el irremediable hundimiento metafísico:

 

La razón no nos salvará.

La oscura lógica de unos pasos se tornará metafísica.

Solo tú puedes obrar sin finalidad.

Y aun no deseándolo, Poeta, solo el azar dispondrá tu destino.

 

La salvación es asumida como motivo estandarizado, pues responde a un mundo que ve perder su más adecuada axiología, de ahí que su sustento se halle en la moral y en la conducta. La brevedad de los textos carga, para bien, el peso sentencioso de los versos, que a veces son enunciados aforísticos; la brevedad, además, da fuerza al ritmo de las frases y, sobre todo, se conjuga muy bien con la ironía que impregna al poema de una amarga sonrisa permanente. No es, por tanto, el éxtasis, o la sorpresa, ante el acto de la contemplación ni, tampoco, la pertinencia del juicio, lo que define el impacto del poema —aunque a todos estos elementos acuda el autor con frecuencia—, sino el chispazo, o el latigazo, irónico. Ironía que, a pesar del imprescindible parentesco y el insistente peligro de contaminación, no se convierte nunca en sátira, o diatriba. El orden sublime de la poesía es tan importante para Rubén Fernando Alonso, que ni la más lógica de las situaciones descrita le permite ceder a la tentación de desviar ese sentido de la poesía que domina sus versos.

Y a pesar de lo dicho, Los frágiles senderos no es, en absoluto, un libro moralista, ni siquiera de tesis axiológica, sino una oda al oficio del poeta, incólume ante cualquier embate de la cotidianeidad. Y un ejercicio de dominio tranquilo del estilo.

II. Derrotas y escalones

En el 2008, Ediciones Unión incluyó en su catálogo el poemario Las derrotas, de Alberto Rodríguez Tosca (2). Desde su título, se plantea lo que, superficialmente, pudiera tomarse como una anunciación de pesimismo. O una comunión con lo que los estudios culturales han llamado “el desencanto”. Es un tópico recurrente de la poesía de las últimas décadas del siglo XX al que la cubana se inserta tal vez con algo de tardanza.

La poesía de Las derrotas, por su parte, se desliza en torrentes. Primero, hay un torrente hegemónico que arrastra las situaciones a través del uso del lenguaje; un lenguaje abrasivo, litigante —incluso con sus propias denuncias— que revela en constantes paradojas. La paradoja es, precisamente, una de las variables que domina su técnica expresiva y que, por feliz añadidura, carga y sobrecarga de misterio, indecisión y rabia, las peripecias del sujeto lírico. Otra embestida interior que inquieta al torrente mayor de Las derrotas se da en la perspectiva que une y separa al sujeto lírico con el autor de referencia: ese al que el lector buscará de cualquier modo. Como la fuerza del YO es en esencia torrencial, un tanto ubicua, las vivencias referidas se suceden como si no perteneciesen a persona, sino a emisor poético, o a un discurso que, guiado por su propia acometida, se personifica. Es una dualidad que tensa la lectura y conmueve, sin descender al precipicio de la lástima, o al sentimentalismo maniqueo.

La estructura del libro es narrativa, anecdótica, aunque esas anécdotas no se desplazan como hechos continuos, descritos en su sucesión natural, sino como golpes de azar, o de lógica insufrible. Recorre así cuatro semanas que pueden contarse como una existencia.

Y es paradójico, en fin, que un derrotado confeso se exprese con vigor de guerrero y se levante en cada verso, incluso en aquellos donde revela con hondo sentimiento el miedo, como si la constante sucesión de las derrotas no fuese más que un angosto camino de escalones. Al aplastarlos con el paso de la poesía, con las abruptas ráfagas de los giros poéticos que tropologizan al ser antes que al lenguaje, quedan como testimonios por él mismo derrotados. Así, la paradoja entre un sujeto lírico que sucede a través de desafíos que a fracasos lo llevan, y un hombre que ha decidido levantarse a través de la palabra, se resuelve en la verdad del texto, en su estremecedor instinto de resurrección en el poema, para que la vida, que inflige en efecto la derrota, se descalabre en sí misma y se marche definitivamente hacia el discurso.

III. La primaria comunión

En ambos poemarios, la comunión se produce a través de lo que sus autores dejan como verdad única posible: la poesía.

En sucesivo ejercicio de la paradoja, la poesía se confronta en al menos tres axiomas:

1º. Es el reino a conquistar y la causa legítima que reivindica la existencia.

2º. Es el reino inconquistable y el canal de agonía existencial.

3º. Es el error de perspectiva y la seguridad que la ética sostiene.

Luchan, por tanto, en ambas poéticas, la tradición occidental que la modernidad concentra y sintetiza, con el necesario reajuste de cuentas que la posmodernidad reclama. Ambas fuera de tiempo y, por feliz paradoja que va a abarcar la trilogía anterior, comprometidas más con el giro emocional del verso que con el golpe de sentido que acuse y desmantele a un sujeto referido e implícito.

Acaso es el resultado de tener perfectamente claro que la poesía es la verdad única posible, y que el tránsito por los errores y derrotas de la existencia son escuelas que pasan con los años. La parábola, entonces, salva el ansia del texto y delimita como circunstancial la predicción social. No es buen augurio para quien busca las marcas sociológicas que han anunciado ambos cuadernos, pero sí lo es para un lector que aspira a estremecerse, alegrarse o sufrir con las sentidas incidencias de Los frágiles senderos, de Rubén Fernando Alonso, y Las derrotas, de Alberto Rodríguez Tosca, poemarios que acaso ya se camuflan entre las siempre sorprendentes librerías de uso.

 

Notas

(1) Alonso, Rubén Fernando: Los frágiles senderos, Ediciones Luminarias, Sancti Spíritus,  2011.

(2) Rodríguez Tosca, Alberto: Las derrotas, Ediciones Unión, La Habana, 2008, p. 109.


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