Esteban Insausti: “Me interesa el viaje hacia dentro”


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“El jazz tiene que doler”, le dijo el abuelo a su nieto talentoso. “Si no lo sientes, todo es en vano, porque no se puede inventar o imitar”, le aconsejaba. Y con humildad, le alimentó el espíritu y la inquietud musical, pero no le enseñó a lidiar con ese sentimiento de culpa que, sin tenerla, te crece dentro cuando crees que por aprovechar la oportunidad con tus buenas cualidades le haces daño a alguien. El chance no se repitió, y al final, nadie se lo agradeció.

Y está el que va construyendo su gloria sobre el derrumbamiento ajeno,  y lo empuja, y lo deja caer. Y por supuesto, se destruye aquel que no entiende por qué su vida se desploma, cuando no lastimó a nadie,  al menos, no por ser tan genial.

Duele. Al final, duele y mucho. Pero la vida, la mayor parte del tiempo, te da una sola oportunidad. Si alguien, sabiéndolo, te pone la zancada perfecta, ni la luz intensa del sol te hará despertar nuevamente.

El cineasta cubano Esteban Insausti bien lo sabe. No pocas veces ha estado de ese lado, del que se desconcierta al intentar comprender la causa de la maldad ajena. Me comentó, incluso, hace dos años atrás (cuando me concedió la primera entrevista sobre su recién estrenada película Club de Jazz) que le ha sucedido tantas veces como pudiera contarlas quien, como él, se escapa de la uniformidad. “Lo diferente siempre asusta”.

Justo ahora, después de la primera proyección en Cuba de este filme, acepto que no fue la música la esencia de las historias contadas sino la envidia, tal y como Insausti ha explicado en todas sus entrevistas. No obstante, le agradezco infinitamente que haya matizado su tesis sobre esa, “la más inconfesable de las emociones” con música, y específicamente con jazz. Precisamente el jazz tiene que doler desde dentro si no sale… y la envidia, (que comparación fatal) pasa por lo mismo… Y volvemos al principio.

Los aplausos del público asistente a la premier fueron sinceros, el elenco y el staff allí estuvieron y el director, Insausti, pidió permiso para dedicarle esta primera puesta a los grandes del cine cubano cuando yo esperaba que se la regalara a su pequeña Vienna, que también deberá aprender de las luces y los puntos grises de la vida.

Saxo alto, Contrabajo con arco y Piano solo son los títulos de las historias contadas en el tempo ideal. “El jazz es un pretexto porque es la música que me gusta escuchar desde que soy adolescente y me unen a ella vínculos profesionales como productor. La envidia es mi eje, porque es un sentimiento verdaderamente oscuro y la película intenta demostrar que no solo le hace daño a quien lo siente sino también a quien lo sufre como blanco, como víctima”.

—Dicen que hay una envidia sana…

—Mentira…No creo, no existe. En ese no reconocerlo perdemos todos.

—El actor Luis Alberto García me dijo una vez que de no haber sido actor, le hubiera encantado ser músico… ¿Por eso lo elegiste en tu elenco?

—Por eso y por más. El casting estaba condicionado por el hecho de que no bastaba que fueran buenos actores sino que tuvieran buen oído, y esos dones no siempre coinciden. Luis Alberto lo disfrutó mucho y además, el público lo verá asumiendo un personaje negativo, lo cual es muy raro en su trayectoria.

“Fue un entrenamiento muy duro. El jazz, lo sabes bien, es virtuosismo. No es lo mismo doblar un bolero o una guaracha, que doblar jazz. Solo tuvieron cuatro meses de preparación, y fue un trabajo intenso. Agradezco a Yasmany Guerrero, un actor de la película, el trabajo arduo del casting.

“Héctor Noas, gallego a la música, también defendió muy bien su personaje de un profesor de saxofón en la década del 50. Mario Guerra es un crítico, Raúl Capote dobló a un bajista, Yasmany Guerrero asumió el rol de un bajista… Los niños eran músicos y no actores, y Yailene Sierra, quien también actúa, entrenó duro. Fue complicado hacer la película.

—La película aborda tres épocas, los 50, los 80 y la actualidad. Tres historias con sonoridades diferentes…

—Vale la pena aclarar que no es biográfica, es ficción. Los referentes musicales para que Ceruto elaborara la banda sonora con Rodney Barreto, Gastón Joya, Javier Zalba y Jorge Aragón, fueron Charlie Parker, Jaco Pastorius y Emiliano Salvador. Puede parecer que es biográfico pero no hay alusión directa a la vida de nadie.

—¿Por qué el blanco y el negro?

—Me encanta la temporalidad del blanco y el negro, que tiene un misterio inigualable con el color. Como narramos tres épocas, a partir de la inmovilidad del pensamiento, una manera de ver la vida, el gris le sienta muy bien.

“En la fotografía quise contar con Alejandro Pérez, pues tenemos química desde mi cuento Luz Roja, en Tres veces dos, pero sus numerosos compromisos de trabajo le impedían asumir el proyecto desde el principio y hasta el final y tuvo la genial idea de compartir con Ángel Alderete. Eso fue una bendición. No primaban los egos, fueron alumno y maestro en una época y el resultado parte de ese derroche de savia y humildad, lo cual es muy raro de ver.

“La mayor parte del filme se rodó en un estudio, un recurso muy económico, y la verdad es que no se nota… Ha gustado mucho. La película tiene un nivel como para ser distribuida por el ganador de un Oscar. Nuestro distribuidor es justamente la empresa que distribuyo la película Ida, Oscar a la mejor película extranjera en 2015, y eso es muy raro en una película 100 por ciento cubana. No lo menciono por ganarme lentejuelas, digamos, sino porque cuando no se tiene un coproductor detrás es muy difícil. Que se hayan fijado en nosotros, es muy bueno, por el equipo de trabajo de la película y por el cine cubano en general.”

—¿El mayor reto de la película?

—Todos fueron retos. Asumir una producción compleja actualmente es un reto, en Cuba y en cualquier otro país. Esta película está escrita hace diez años y a pesar de que el proyecto ganó el fondo Ibermedia en 2013, el rodaje se posponía por una razón u otra.

“Desafortunadamente no tenemos algunos roles en el ejercicio de la profesión, como los supervisores, y eso implica que cada día recae sobre el director una enorme responsabilidad.

“Por ejemplo, el diseño de producción es una figura que no existe en Cuba, y lo tuve que asumir yo, junto con Frank Cabrera, Rafael Rey, Onelio Larralde y otros del equipo. Ensamblar todo en estudio en función del blanco y negro es un reto. La alta definición revela cualquier detalle, por mínimo que parezca. Se ha perdido mucho oficio en la industria cubana y tienes que convertirte en ambientador, en director de arte, en escenógrafo, en director de actores.

“El mérito es de todo el equipo, si todo sale bien pero si sale mal, la responsabilidad es del director. Cada día el director sopesa mas carga sobre él. Hay una afluencia grande de gente joven a la que le sobra voluntad porque quiere trabajar pero que requieren del conocimiento y la pasión con la que se hacía el cine cubano. Podemos perecer como industria y como movimiento cinematográfico si no tomamos cuidado”.

Larga distancia despertó muchas tristezas, y aseguras que esa no era tu intención… ¿Qué puede suceder con Club de jazz?

—En el arte me interesa el viaje hacia dentro, es mi obsesión. Para mí, forma y contenido, son gemelas. Cada cuadro es una propuesta estética desde mi concepción, e intento que acompañe lo que quiero decir desde el punto de vista narrativo, no es un simple capricho. Lo que pretendo es que las personas no se miren tanto en el espejo sino hacia dentro. Lo necesitamos todos”.

—¿Qué has envidiado?

—Esa es una pregunta complicada, ¿sabes? Me pones en aprietos.  Afortunadamente es un sentimiento que desconozco. La verdad es que he visto en los logros ajenos el mío propio. Y te digo más, creo que la competencia es necesaria, y mientras mejor sea lo que te rodea, más impulso para seguir adelante. En el beneficio de la totalidad también está el nuestro”.

—Hace tiempo me contaste de otros proyectos: Vacío, Pincel con sangre, El perdedor…

El perdedor está listo, como guion, y tiene que ver con la gloria ajena. Vacío es sobre alguien que pretende engañar con el arte. Y estoy listo para rodar Erección, sobre la prostitución masculina, es la historia de un cazador cazado.

Pincel con sangre es la vida de Ana Mendieta, una pintora cubana norteamericana, es mi proyecto más ambicioso y más antiguo. Está inspirada en su obra, sin que llegue a ser una biografía, pero es un proyecto complejo por el tema concerniente a los derechos. Busco financiamiento y espero hacerlo.

“Trato de sacar adelante otro proyecto, que lo hablé con Viengsay Valdés hace tiempo. Se trata de una reinterpretación del ballet llevado al cine, pero no es una documentación sino una historia dentro de ese ballet, desde un manicomio… Mejor no te cuento más…”.


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