Rodrigo Sosa: La quena en fecunda hibridación


rodrigo-sosa-la-quena-en-fecunda-hibridacion

Escuchar en vivo a Rodrigo Sosa y La Quenística, oportunidad que nos diera la Sala Teatro del Museo de Bellas Artes, fue disfrutar de una excursión con oído, cerebro y corazón hacia todas las dimensiones espaciales, temporales, culturales…

Quiero trascender el impacto inmediato, valorar lo medular en su discurso musical, todo fundamento, como puede advertir quien procese lo escuchado. Y aunque no logre despojarme de raíces y antecedentes compartidos, que vibran por simpatía, intento que la pasión no nuble al intelecto.

Rodrigo, ante todo, asegura con un agarre estable y firme la precisión en el soplo y en las manos, pero con suficiente soltura en los dedos incluso con su inquieto movimiento escénico, que responde al impulso del entramado musical que arma junto a sus cómplices de aventura. Tal precisión es posible percibirla en la entereza de un sonido con cuerpo, densidad y filo cortando el aire, con articulaciones lo mismo segmentadas —en staccato—, que en sonidos ligados.

Esto es parte del sustrato físico que le permite calzar su discurso musical, el cual se concreta en otras cualidades más allá del virtuosismo evidente desde la mecánica de su ejecución, pues lo completa una fantasía desbordante pero sopesada en su proyección como solista, que no es la del divo individual: él se interrelaciona con los músicos, que mal diría “acompañantes” porque son parte de un todo congruente, equilibrado y que se abre como en un correlato de aquel “big bang” a partir del cual dicen que se expande el Universo.

Es entre todos que cobra cuerpo y se desarrolla la imaginación musical proyectando al infinito una quena integrada en lenguajes musicales sin fronteras o, para decirlo mejor, con la clara intención de traspasarlas, de ir más allá sin renegar del origen, a la vez que plantando fuerte la impronta personal y de sus ancestros, como reflejando aquellos procesos de hibridación cultural, según la categoría usada por Néstor García Canclini, quien de paso puntualizó que no es la de una genética y las especies híbridas, infértiles. Como que en Rodrigo Sosa y la Quenística se escucha y siente un resultado bien fecundo.

La andina quena lleva en la fuerza y precisión de su aliento sonidos igual graves que agudos, enteros y a la vez dúctiles, trinar de aves exóticas o rumor de los elementos desatados en tormenta y suficientes para convencer al más escéptico de la consciente intencionalidad que destilan, de que no hay pitazo  fortuito y la prueba está, si se la reclama, cuando incluso en el pasaje agudo más arrequintado se perciben nítidas las melodías con sus variaciones e improvisaciones, con su manera de crear varios planos y armar un canto entresacando puntadas sobre el fondo del contracanto que él mismo sostiene.

Allá van tras él los demás músicos. Rafael Paseiro en la guitarra-bajo también fantasea con un sentido que rebasa la tendencia del bajo-cantante: es igual bajo-efectista, electrónica mediante, pero también su pulso en la mano derecha, y la precisa delicadeza con que posa los dedos de la izquierda, desflorando cuerdas para destacar vibraciones parciales que flotan a gusto del joven músico bañando la atmósfera sin prisa por decaer, juntándose con las siguientes para enriquecer armonías espectrales.

Víctor Campbell en el teclado emula el atrevimiento y la intrepidez de Rodrigo poniendo imaginación melódica y armónica, todo buscando y encontrando su sentido. En la cumbre del paroxismo llegó al extremo de tocar de espaldas a las teclas, no aporreándolas sino en acordes precisos. No hacía falta, pero en esto era coherente con la escalada expresiva que lo llevó todo hasta ese punto, transgrediendo fronteras, impresionante en su modo de aumentar la densidad sonora y espectacular pasito a pasito, desde un comienzo solo en apariencia balbuceante que ya a los pocos compases no engañaba a nadie.

La percusión en manos de Adel González tiene mucho también de esa gradación, donde impresionan incluso más los ritmos incisivos y a la vez delicados en ciertos pasajes que suenan como en planos distantes, compartiendo protagonismo en los planos más cercanos, cuando el toque llega con gradaciones que van y vienen en la dinámica expresiva, en las tumbadoras como en el cajón peruano.

Similar ductilidad caracterizó a Oliver Valdés con el drums, una batería que reparte para todas partes, y vale no únicamente por su modo de solear, de mantener con independencia los motivos que marchan juntos —pero no revueltos—, cualidad que comparte con Adel; vale también por el modo en que ambos cambian de palo para rumba, para decirlo en criollo, acoplando ritmos que corren por todas las venas de América.

Aquí me viene a la mente la conjugación de tanto genio expresivo musical en las confluencias de una polka paraguaya como Chiní donde la quena desgrana la melodía a modo de introducción intercalándole notas de paso y crea suspenso, que abre paso a la caballería que poco a poco se desboca desde el empuje contenido marcado por el bajo, el trepidante tropel de la percusión siguiendo el impulso incontenible de los virtuosos floreos quenísticos.

El andar de Rodrigo Sosa arriba y abajo por nuestras tierras todas se hace sentir cuando intercala citas de cualquier melodía, o entra de lleno en géneros como el jazz y sus confluencias, desde temas argentinos, cubanos, venezolanos, brasileños, y él explica cómo ellos confluyen en su tierra natal, Aristóbulo del Valle, donde sin embargo la quena no es un instrumento que goce de tanta preeminencia.

Los estudios académicos hechos en Cuba con la flauta traversa pueden ser la causa también de que en ocasiones, además del típico quenístico, su sonido tenga un ataque y se desenvuelva distinto (descontando algún que otro esporádico efecto, también con la mediación de la electrónica). Así es, por ejemplo, cuando ataca el danzón Almendra y la ductilidad de su timbre se aproxima al de la flauta típica de nuestras charangas a la francesa.

Y un detalle especial del concierto-espectáculo ofrecido en Bellas Artes. Como anunció el propio Rodrigo, había preparado un encuentro con lo inesperado (más de lo que proyecta su propia actuación). En ese interés por las fusiones invitó a la agrupación Osaín del Monte para armar una rumba al estilo del grupo que lidera Adonis Panter, o gracias a la presencia del trompetista Maikel González, mezclar sonoridades jazzísticas con las andinas. Fue, sin embargo, un contraste que no tuvo la adecuada transición que prevaleció en el concierto, aunque aportó un cierre expansivo a espectáculo.

Debo añadir una confesión personal, porque me siento un entusiasta diletante del folklore musical practicado en todas partes, de ese capaz de iluminarnos desde cualquier rincón del planeta, por distante espacial y temporalmente, por pura y dura que sea en su expresión original. Es el que nos aporta la dosis de humanidad que se nos escapa cuando solo prestamos atención a lo más “pegado” por una moda homogeneizadora.

En consecuencia siento el desencanto cuando tal moda llega desprovista de lo raigal de un pueblo o grupo cultural para erigirse en modelo de “popular”, entiéndase comercial, apto para el consumo masivo, aun cuando no dejo de comprender que las leyes del mercado son implacables, como si parafrasearan a Hamlet proclamando que vender o no vender sea la cuestión.

Un segmento de ese folklore nos arrulló con una imagen popularizada, y no nos abandona del todo, si bien luego captamos la seña de que el folklore nuestroamericano va más allá del bombo, charango y quena. Pero el sonido de esta ya se nos había hecho entrañable, igual producido por el indio que por quienes se lo apropiaron, como aquel antropólogo suizo, Gilbert Favre, “El Tocador Afuerino”, personaje definitivo en la pasión y muerte de Violeta Parra, amante él del jazz, el clarinete, la quena, cofundador con Ernesto Cavour del grupo boliviano Los Jairas…

En fin, que con tanta leyenda en la cabeza no debe extrañar mi intento de tocar la quena, muy en privado, buscando el sonido de aquellos recuerdos. Fue un fracaso y hoy, escuchando a Rodrigo, comprendo la diferencia radical que hace la entrega absoluta en cuerpo y espíritu. En todo caso mi premio al esforzado soplido, no el casual del borrico fabulado por Tomás de Iriarte, es testimoniar con algo más de fundamento un resultado como el de este músico de pies a cabeza, aun con mucho tiempo y espacio por delante, que ya podremos seguir en su impetuoso desarrollo.


0 comentarios

Deje un comentario



v5.1 ©2019
Desarrollado por Cubarte