Sobresaltos nada leves del XXXV Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez


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Los leves sobresaltos, el poemario de Geovannys Manso Sendán que acaba de obtener el XXXV Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, convocado por la Diputación de Huelva, en España, propone un viaje profundo a las ciudades emotivas del autor, tanto las que conforman entes y circunstancias familiares, como aquellas a las que acude en forma de viajero, con su cuerpo y sus mochilas, pesadas por los libros. Se suma al conjunto, la capacidad de reflexionar sobre los temas que componen la literatura y, como una constante imprescindible, el desgarramiento ante las emociones.

El Jurado que le confiriera el premio, presidido por Rosa García Gutiérrez, profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Huelva, argumentó que se trata de una obra “muy completa y de un poemario arriesgado y personal, escrito desde un lirismo profundo y utilizando muchos registros del lenguaje poético”, de “exigencia estética e ideológica” y de “un uso muy pulcro y, en ocasiones, erudito y virtuoso del lenguaje poético y de todos sus recursos, sobre todo de la imagen.” Y son ciertamente justas las afirmaciones. El sello personal y el riesgo de criterio y experimentación estética son elementos visibles en cada uno de sus textos. La limpieza estilística, en medio de un sinnúmero de juegos de diversidad, y la preponderancia de la imagen como recurso jerárquico de la poetización, conducen la lectura.

Así, Los leves sobresaltos no repara en acudir a referencias, como la evocación de la obra de los pintores cubanos Fidelio Ponce y Servando Cabrera para definir, poéticamente, una pieza literaria de Reina María Rodríguez, o en espantarse ante diagnósticos médicos, con toda su terminología en sucesiva enunciación, para concluir con la anfibología atroz de la frase “han sentenciado”, con la cual define el más allá del autismo de su hijo. La implicación personal de este poema es tan intensa, que el médico de profesión se ve por completo camuflado ante la bruma de los términos y, ante todo, de la incertidumbre:

 

Esta verdad que nos acompaña

A Dylan Humberto

Han dicho síndrome fenotipo proporción diagnóstico

conducta expresión estado regresión lenguaje

examen rol silencio levedad rutina electroencefalograma       

cambio distanciamiento soledad camino

fase coeficiente de inteligencia raport        

tardío epilepsia audiometría

ahora siempre mañana tal vez duda inseguridad         

tratamiento ecolalia pronóstico ansiedad;

autismo han dicho autismo

han repetido  su hijo han sentenciado.

 

El poema “Caracas/Atardecer”, perteneciente a la primera sección, Vísceras I,  es sencillamente estremecedor, pues trasciende el sobresalto —nada leve— de contemplar un cadáver en plena calle y verse en esa posible circunstancia. Uno de sus pasajes, ligado una vez más a la familia, lo muestra de esta forma:

 

Es tan común atisbar un revólver oler la pólvora

mezclándose con el hedor de las manzanas

que jamás podré comprar.

Si mastico la manzana

muerdo y digiero los zapatos de mis hijos.

 

El aire lezamiano, que es elemento esencial en la obra de Manso Sendán, se advierte ejemplarmente en este libro cuando se apropia del precepto “Nada es más eficaz que esta pobreza”, punto que evoca, sin embargo, y no baldíamente, a La quimera del oro, de Charles Chaplin, y se percibe además en la decisión estilística de imponer un modelo autoral a los hablantes llanos de su cotidianeidad. Porque las dosis de cultura, y de sabiduría, y de reflexión emotiva, van en este poemario con poca o ninguna restricción: se encadenan, se entrecruzan, se prestan recursos y elementos y, en ese tenso entramado, sacuden cualquier indiferencia complaciente, o incluso irónica, de las que marcan los tópicos poéticos del post.

Por si no fuese suficiente, la impronta lezamiana se hace explícita cuando el sujeto lírico es el propio autor de Paradiso, en la sección homónima del libro.  En ella, el intertexto se desplaza a plenitud, sin importarle las imprescindibles cartas de presentación que el lector pudiera requerir. La conciencia de apropiación está tan imbricada con el texto, que toda referencia parece remitida, por código simbólico, a un hipervínculo que pueda esclarecerla. Pero esta acción es parte de ese mismo método y, siguiendo la imagen que recibo, encuentro señales de vacío en la página llamada y tengo que buscar en la propia memoria de lectura. No sé si Manso Sendán lo intentaba con propósito marcado —pudiera ser, pues el autor es también un agudo crítico y ensayista—, pero lo cierto es que lo logra y no es difícil advertirlo y, como tanto gusta al modelo académico, incluso el de Huelva, detenerse a enumerar las marcas evidentes. No lo haré, al menos esta vez, en homenaje al impulso emotivo que los versos arrastran.

El poema “1994. Crónica silente”, perteneciente a la tercera sección, Vísceras II, es también un ejemplo de aquello que llamó la atención de los miembros del Jurado como un acto de no eludir los compromisos sociales, sobre todo en ese final esperanzado que arroja una de las tantas y tan difíciles escaramuzas que vivimos los cubanos en ese año de 1994, el más crudo de todo el llamado “Periodo Especial”. Martianamente, sobre las circunstancias más terribles, la necesidad de seguir a la utopía se torna en alimento y hace, de paso, la analogía entre esperanza social y necesidad y valor de lo poético.

1994. Crónica silente

Aquel año conocí el silencio. No hables —decía mi madre. Toda conversación te hará recordar la miseria. Sujetando un hilo entre sus labios, solía recorrer la casa en penumbras, donde alguna vez la luz ofició sus tempestades. Para no hablar, leía gruesos volúmenes, añejos tratados del entendimiento humano, y no comprendía el por qué, ni el cuándo. No era el tiempo preciso de las filosofías. 1994. Crónica silente. En el umbral de un cine descubrí a mi prójimo. Por entonces estrenaban Madagascar, y envidié secretamente a los «comecoles» en la gran pantalla. La saliva se volcó en mi garganta en alud amargo. 1994. Crónica silente. Muerte predestinada de mi abuelo y de otros seres que hoy me abrazan, ocultos y sombríos. Descubrí el amor en una esquina. Intuí en el semen, el símbolo de la fecundidad. Luego regresaba a casa con lentitud, sujeto al temor de confundir a mi madre con su sombra, o viceversa. Preterida esquizofrenia del hambre. Todo entonces se reducía a la inmanente posibilidad de sobrevivir, lejos del odio y la intemperie. Mis libros sirvieron de alimento a un fuego promisorio. Gracias a ellos, la mesa fue servida a destiempo. Oficiaba un ritual anterior al sacrificio: conservaba una frase para no olvidar que alguna vez, en cierto tiempo, me pertenecieron. Luego era el crujir de páginas, y el silencio. 1994. Crónica silente. A la salida de un cine me creí el HÉROE, el ARTÍFICE, el CONQUISTADOR, y escribía, sobre páginas gastadas, toda eternidad posible, toda esperanza.

Abrazado, lo repito, a viejas utopías, aquellas que me hablaban, del entendimiento humano...

No falta en el libro —más bien abunda— el poema que se detiene a reflexionar al modo de los clásicos, catalogando memorias y sucesos vividos al tiempo que se hacen conclusiones de vida y, sobre todo, de legado. Y en convergencia de trascendentes legados y austeras circunstancias, lo que aparece es el poema, aunque es cierto que no tanto el poema objeto, o la poética como norma de ver, definir y anunciar, como el poema imagen de la propia existencia. Los giros de la enunciación se dejan arredrar por el capricho de la imagen, como si el orden genérico se hallara de tal modo explícito que convierte en superflua toda marca.

Para un lector como yo, que no deslinda el placer de leer de la emoción de la lectura, ni del valor que esa lectura deja a la historia y la cultura de la patria y la lengua, Los leves sobresaltos se presenta como una de esas utopías a fragmentos que logramos en medio de un panorama poético de soso narcisismo. Cuando Geovannys Manso se detiene delante de la cámara, en ese selfie que nos deja insistente, toda banalidad se desvanece y es imposible no tomar partido, incluso en contra, aunque el mío lo comparto a su favor.

Si tenemos en cuenta que este premio recae en un autor al que apenas han incluido en nuestras listas de catálogos —no tanto editoriales como de juicios y prejuicios de la vida literaria—, el acto revela hasta qué punto puede estar desorientada nuestra crítica y, con ella, nuestro derrotero editorial. ¿Lo salvaremos? Y, parodiando al propio autor de Los leves sobresaltos: ¿A santo y seña de qué?


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